Mareas de Sangre Capítulo 90
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Capítulo 90

El plan

El plan de investigación conjunta que Elena presentó al juez quince días después era un documento de cuarenta y dos páginas que representaba el trabajo colectivo de todos los equipos implicados, coordinado desde Madrid pero con la inteligencia aportada desde cada punto geográfico.

Establecía cuatro líneas de investigación paralelas: la financiera, que seguiría el dinero entre los distintos nodos de la red; la operativa, que documentaría los movimientos de personas y material a través del corredor; la institucional, que investigaría los casos de corrupción y complicidad dentro de las administraciones públicas; y la internacional, que coordinaría con Europol y con los cuerpos de Marruecos y Portugal.

El juez lo aprobó con modificaciones menores. El fiscal designó un equipo de cuatro fiscales especializados.

Elena pasó los meses siguientes coordinando, más que investigando en terreno.

Era un papel diferente al que había tenido en los casos anteriores: no la que estaba en el muelle a las doce de la noche, sino la que gestionaba la información que llegaba desde todos los puntos y la convertía en algo coherente.

Era trabajo de otra naturaleza. Requería una clase de atención diferente, más sostenida, menos concentrada en un solo objetivo inmediato.

Lo hacía bien porque entendía cada uno de los hilos que gestionaba desde adentro, desde haberlos tirado ella misma en el terreno.

Mateo le preguntó una noche, en una cena de noviembre en Madrid, si echaba de menos el trabajo de campo.

—Algunos días —dijo ella. —Pero no es lo mismo echar de menos algo que necesitarlo. A veces las cosas cambian.

—¿Y esto es un cambio que quieres?

Elena lo pensó durante un segundo real.

—Es un cambio que hace que el trabajo que ya hice sirva para más. —Pausa. —Sí. Lo quiero.

Era la respuesta más larga que había dado sobre su propio trabajo en bastante tiempo.

Mateo la escuchó con esa atención que tenía, que no era la atención de quien espera su turno de hablar sino la de quien entiende que lo que la otra persona dice tiene peso.

—¿Y lo demás? —preguntó después.

Era una pregunta con un contenido que los dos sabían cuál era.

—Lo demás también —dijo Elena.

Era la respuesta más corta de la conversación. Pero era también la que más costó.

El caso seguía. La investigación conjunta avanzaba. Los expedientes individuales de cada nodo continuaban su curso en los juzgados.

Y Elena Vargas, coordinadora de la investigación más grande de su carrera, tenía por primera vez en años algo que se parecía a un equilibrio entre el trabajo que hacía y la vida que vivía fuera de él.

No era perfecto. Los equilibrios perfectos solo existían en teoría.

Era suficiente.