Capítulo 87
Verano en el norte
El segundo verano del caso llegó cuando Elena empezaba a pensar que los veranos eran una época diferente del año solo en teoría. En la práctica, los casos no reducían su temperatura con el calor.
Pero ese julio sí fue diferente. No porque los expedientes estuvieran cerrados, nunca lo estaban todos, sino porque el protocolo de vigilancia permanente funcionaba y había algo que se parecía a un ritmo sostenible: las alertas llegaban, se evaluaban, se dirigían al equipo correspondiente.
No todo requería que ella estuviera en el terreno.
Fue a A Coruña en julio. Esta vez con Mateo, que también tenía motivos de trabajo: una revisión del caso Camiña que el juez había pedido para reforzar el expediente ante el recurso de la defensa.
Fueron el viernes por la tarde, en avión desde Madrid. Ferreiro los recogió en el aeropuerto, lo que Elena no le había pedido pero que Ferreiro hizo de manera tan natural que no había manera de protestarlo.
Cuando vio a Mateo, Ferreiro lo evaluó en dos segundos con la discreción de quien ha aprendido a no hacer comentarios innecesarios. Se estrecharon la mano.
—Ferreiro —dijo Mateo.
—Doctor —respondió Ferreiro.
Era todo lo que necesitaban.
El sábado, Ferreiro tuvo trabajo de mañana. Elena y Mateo fueron a la playa que él conocía, cerca de Malpica, la misma que había mencionado en agosto del año anterior. Era un sábado de julio y había más gente que en agosto del año anterior, pero encontraron un rincón.
Elena se bañó en el Atlántico por primera vez en años. El agua era fría incluso en julio, del tipo de frío que el Mediterráneo nunca tiene, y tenía esa fuerza de las olas atlánticas que empujaba y tiraba con una energía que no admitía pasividad.
Salió del agua y se sentó en la arena junto a Mateo, que había preferido no bañarse y que tenía un libro en la mano pero que no leía.
—¿Cuánto tiempo desde la última vez que hiciste esto? —preguntó él.
—¿Bañarme en el mar?
—Estar en un sitio sin ninguna razón de trabajo.
Elena pensó. Era una pregunta con respuesta real.
—Mucho tiempo —dijo.
—¿Cómo se siente?
El Atlántico seguía sonando. Las gaviotas circulaban sobre el acantilado a su derecha. La arena era fría debajo.
—Raro —dijo Elena. Y luego, después de un segundo: —Bien.
Era la versión más larga de esa respuesta que había dado en mucho tiempo.
Esa tarde fueron al restaurante del pulpo. El dueño los reconoció a los dos, o al menos a Mateo. La mesa de la ventana estaba libre.
Ferreiro llegó a las nueve, cuando ya habían terminado de comer, y compartió el postre y un café.
—¿Cómo está A Coruña? —preguntó Elena.
—Cambiando —dijo Ferreiro. —Como siempre. Pero en la dirección correcta, creo.
Era el tipo de evaluación que hacía Ferreiro: sin adornos, con precisión.
Era, Elena pensó mirando el puerto desde la ventana, exactamente la descripción que ella haría también de todo lo demás.