Mareas de Sangre Capítulo 85
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Capítulo 85

El agente Arias

El agente Arias declaró ante el fiscal de A Coruña un martes de abril. Elena no estaba presente, pero Ferreiro le mandó el resumen esa misma tarde.

Arias había negado haber disuadido conscientemente a ningún denunciante. Dijo que en el caso de Amador Paz, el anciano estibador, había evaluado la denuncia y concluido que no tenía indicios suficientes para elevarla. Que era una decisión de procedimiento ordinario.

Pero las cuatro denuncias archivadas, todas pasadas por sus manos, todas en el período coincidente con la mayor actividad del corredor que Elena había investigado, eran difíciles de explicar como coincidencias.

El fiscal decidió mantenerlo como testigo de cargo en el proceso de Seoane, con la posibilidad de que su situación cambiara a imputado dependiendo de lo que siguiera apareciendo en la revisión de expedientes.

Era el tipo de proceso lento que la justicia a veces requería.

Elena lo gestionó desde Madrid, coordinando por teléfono con Ferreiro, mientras simultáneamente avanzaban en el caso del Estrecho y en el seguimiento del proceso de Morante en Marbella.

Había semanas en que la cantidad de frentes abiertos hacía que el trabajo pareciera un océano sin orillas. Eran las semanas en que el cuaderno de hojas cuadriculadas tenía más páginas llenas que en blanco.

En una de esas semanas, Mateo Iglesias llegó a Madrid para la reunión con el fiscal del caso Camiña. Como habían dicho, cenaron el jueves.

Esta vez en el apartamento de Elena, que era la primera vez que alguien no del trabajo cruzaba esa puerta en bastante tiempo.

Cocinó Elena, que era algo que hacía con más competencia de la que solía admitir: pasta con salsa de tomate natural, pan tostado con aceite, vino de la Ribera del Duero que Ferreiro le había mandado por correo desde Galicia como agradecimiento de fin de año.

Cenaron en la mesa del comedor donde normalmente estaban los expedientes, que Elena había trasladado al despacho esa tarde por primera vez en meses.

—La mesa está limpia —observó Mateo.

—Hay una razón para eso.

—¿Cuál?

—Que hoy no hay expedientes.

Mateo la miró con una expresión que era entre seria y algo diferente, algo que Elena había aprendido a identificar en los últimos meses como una de sus maneras de estar contento sin decirlo directamente.

Hablaron durante tres horas. Del caso Camiña, que estaba en su recta final. De A Coruña, de Salamanca, de las ciudades que habían cruzado en el año que acababa de pasar. De lo que esperaban de lo que seguía.

Cuando se fue, ya tarde, Elena se quedó un momento mirando la mesa vacía.

Era posible tener los dos mundos, pensó. No siempre, no perfectamente, no sin costes. Pero era posible.

Era suficiente con que fuera posible.