Mareas de Sangre Capítulo 79
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Capítulo 79

Las cuatro mujeres

Las cuatro mujeres rescatadas del almacén de Algeciras se llamaban Aïssatou, Mariam, Ndéye y Rokhaya. Eran de Senegal las cuatro, tenían entre dieciocho y veintitrés años, y habían entrado en España a través del Estrecho creyendo que llegaban a un país que les daría una oportunidad.

Elena pasó dos días en el hospital con ellas, no en modo interrogatorio sino en modo presencia. Era algo que había aprendido en los casos anteriores: las primeras horas después del rescate requerían que hubiera personas de confianza cerca antes de que empezaran los procesos formales.

Habló con las cuatro a través de una intérprete de wolof que el sistema de apoyo a víctimas había conseguido en tiempo récord. No todas hablaban francés, el idioma en que Elena podría haberse comunicado directamente.

Aïssatou era la mayor de las cuatro y la más habladora.

Contó su historia con la valentía de quien ha decidido que contar es mejor que callar.

Venía de Dakar, tenía un diploma de técnica sanitaria, había pagado a una red de transporte todo el dinero que su familia había reunido durante dos años para costearle el viaje a Europa.

Tenía un sueño que le habían convertido en trampa.

—¿Sabía que la podrían engañar? —le preguntó Elena a través de la intérprete.

Aïssatou la miró con los ojos de alguien que ha pensado esa pregunta muchas veces.

—Sabía que había riesgo —respondió. —No sabía que el riesgo era este.

Era una respuesta que Elena guardó en algún lugar preciso de su memoria.

Mariam, la más joven, diecinueve años, no habló en los dos días que Elena estuvo allí. Comía, dormía, miraba por la ventana del hospital. El médico que la atendía dijo que era una respuesta normal al trauma. Que hablaría cuando pudiera.

Las cuatro mujeres tendrían que navegar el sistema de extranjería español, que en el mejor de los casos les daría un permiso de residencia por ser víctimas de trata. En el peor de los casos, la burocracia las retendría en un limbo legal que podía durar meses.

Era la parte del trabajo que Elena odiaba sin poder evitar. Rescatar a las personas era la parte que podía hacer. Garantizar que el sistema las tratara bien después era una batalla diferente, librada en tribunales y oficinas de extranjería, con herramientas distintas a las suyas.

Rojas tenía más práctica en esa batalla. Conocía a las organizaciones de apoyo, sabía qué formularios presentar en qué momento, tenía relaciones con los funcionarios de extranjería que les permitían agilizar lo que era agilizable.

—Tú rescatas —dijo Rojas un día. —Yo me encargo del después.

Era una división del trabajo que tenía sentido.

La noche antes de volver a Madrid, Elena fue a ver a Aïssatou por última vez. La mujer estaba sentada en la cama, con un libro que alguien del equipo de apoyo le había llevado, aunque lo tenía cerrado sobre el regazo y miraba el techo.

Cuando vio a Elena, sonrió.

—¿Ya se va? —dijo en francés.

—Mañana.

—¿Volverá?

Elena lo pensó.

—Cuando sea necesario.

Aïssatou asintió. Era una respuesta que entendía.