Capítulo 80
Noviembre
Noviembre llegó con esa densidad que tienen los noviembres cuando el año empieza a pesar.
Un año desde la primera llamada de Montoya, desde la voz de él a las dos y cuarenta de la mañana diciéndole el nombre de Lucía Andrade.
Doce meses que habían ido de A Coruña a Málaga, de Bilbao a Oporto, de Marbella a Algeciras.
Elena estaba en Madrid cuando cayó en la cuenta del aniversario. Lo recordó un martes por la mañana, mirando el techo de su apartamento en Lavapiés antes de levantarse. Era el mismo techo que miraba aquella noche antes de hacer la maleta.
En un año: Lucía Andrade encontrada. Raquel Sousa identificada y con proceso judicial.
Quiroga condenado. Seoane en proceso. Pampín en proceso.
Veloso condenado en Portugal. Larrea condenado en España.
Morante en proceso. Ferreira condenado. Alaoui detenido y en proceso en Marruecos.
Darío Molina en proceso. Ocho mujeres en el 'Estrella del Sur'.
Seis mujeres en el almacén de Málaga. Cuatro en el almacén de Algeciras.
Dieciocho mujeres en total. Más las que Mira y las otras habían conocido en el corredor y cuyo paradero seguía sin determinarse.
Era un inventario que tenía dos caras: la de lo que se había hecho y la de lo que seguía sin hacerse.
Se levantó. Preparó café. Abrió el cuaderno de hojas cuadriculadas en la primera página del año y lo revisó de principio a fin. Era un documento de trabajo, lleno de nombres, fechas, hipótesis, preguntas, conexiones. Era también, de alguna manera, el mapa de un año de su vida.
Llamó a Mateo Iglesias.
—¿Estás en Madrid? —preguntó él.
—Sí.
—Tengo que ir a Madrid la semana que viene. Por el caso Camiña, una reunión con el fiscal.
—¿Cuándo exactamente?
—El jueves.
—El jueves tengo las tardes libres si el expediente de Europol no se mueve antes de eso.
—¿Cenamos?
Era la tercera vez. La primera había sido una comida. La segunda en Oporto, casi por accidente. Esta era la primera vez que lo planeaban con suficiente anticipación como para que no fuera casual.
—Cenamos —dijo Elena.
Colgó y fue a la ventana. Madrid en noviembre, con el frío seco que era el frío propio de la ciudad, con los árboles de la calle perdiendo las últimas hojas.
Pensó en A Coruña, donde Ferreiro seguiría en la jefatura con su café frío y sus carpetas.
En Málaga, donde Salinas probablemente coordinaba la siguiente fase del caso Quiroga.
En Cádiz, donde Rojas estaría en el sistema de apoyo a las cuatro mujeres de Aïssatou.
En Oporto, donde Carvalho gestionaría el proceso de Veloso.
En Nador, donde Benali trabajaría en lo que quedaba del caso Alaoui.
Una red de personas que trabajaban en el mismo problema desde puntos distintos. Que no se conocían entre sí en la mayoría de los casos. Que compartían, sin saberlo del todo, el mismo objetivo.
Era, pensó Elena, la única clase de red que merecía ese nombre.