Mareas de Sangre Capítulo 76
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Capítulo 76

Rojas y Vargas

Trabajar con Ana Rojas era diferente de trabajar con Ferreiro. Ferreiro tenía la paciencia del que ha aprendido que el trabajo lento a menudo llega más lejos. Rojas tenía la urgencia de quien trabaja en una zona donde el tiempo que pasa es siempre tiempo que alguien está pagando con su seguridad.

Las dos eran maneras correctas de hacer el mismo trabajo. Las dos se complementaban.

En las semanas de Algeciras, desarrollaron una dinámica: Rojas conocía el terreno, los contactos locales, el contexto. Elena conocía el sistema de la red a nivel nacional e internacional, los patrones que ella había visto en el norte y que aquí se repetían con variantes.

—¿Cómo es trabajar en el norte? —le preguntó Rojas una tarde mientras revisaban documentación en la comisaría.

—Frío —dijo Elena. —Y lluvia. Y gente que dice 'sí' cuando quiere decir 'quizás'.

Rojas se rió.

—Aquí dicen 'quizás' cuando quieren decir 'no'. Pero al menos hace calor.

Hablaban del trabajo pero también de otras cosas. Rojas era de Jerez, había estudiado Derecho antes de entrar en el cuerpo, y tenía una hija de ocho años que vivía con su exmarido en Cádiz y a quien veía los fines de semana cuando el caso lo permitía.

—¿Cómo se gestiona? —preguntó Elena un día, sin especificar qué exactamente, porque Rojas entendería.

—Mal y bien, según el momento. —Rojas fue directa, como era siempre. —Hay días que llego a casa y pienso que no debería haber elegido esto. Y hay días que llego a casa y pienso que no podría haber elegido otra cosa.

Elena reconoció esa tensión como propia.

—¿Y tu hija?

—Mi hija sabe que mamá trabaja en algo importante. Lo entiende con ocho años mejor de lo que lo entendería con cuarenta si no se lo hubiera explicado bien. —Una pausa. —¿Y tú? ¿Tienes..?

—No. —Elena fue igual de directa. —Nunca pareció compatible con el trabajo.

—¿O el trabajo nunca pareció compatible con ello?

Era una distinción sutil pero real. Elena la pensó durante un segundo.

—Las dos cosas, según el momento.

Rojas asintió.

Ese tipo de conversaciones, que no eran habituales en el trabajo pero que ocurrían cuando dos personas pasan suficiente tiempo trabajando juntas en condiciones de presión, tenían su propia utilidad: no como terapia, no como amistad exactamente, sino como el reconocimiento de que detrás del trabajo hay personas que llevan el peso del trabajo de maneras que el expediente nunca documenta.

En esas semanas en Algeciras, Elena y Rojas construyeron el tipo de relación de trabajo que en la UDEV se llamaba 'equipo': no solo coordinación profesional sino confianza mutua, la clase que permite hacer bien lo que hay que hacer sin necesidad de explicar cada decisión.

Era, pensó Elena, lo más parecido a lo que en otro contexto se llamaría amistad.