Capítulo 73
El sistema de acogida
Para entender cómo las mujeres salían de los centros de acogida sin dejar rastro verificable, Elena y Rojas necesitaban entender primero cómo funcionaba ese sistema por dentro.
No el sistema oficial que describían los documentos y los protocolos.
El sistema real, con sus huecos y sus saturaciones y sus personas que hacían lo que podían con lo que tenían.
La coordinadora del centro de acogida de Algeciras se llamaba Luciana Torres.
Tenía cuarenta y cinco años, llevaba doce trabajando en acogida de migrantes y tenía la expresión de quien ha luchado durante suficiente tiempo contra una marea para saber que luchar es necesario aunque no siempre suficiente.
Las recibió en su despacho, que era un cuarto pequeño lleno de papeles y carpetas y dos plantas que alguien había traído para humanizar un espacio que por su naturaleza tendía a ser impersonal.
—El sistema tiene un problema estructural —dijo, sin esperar a que le preguntaran.
Parecía que llevaba mucho tiempo esperando que alguien con capacidad de hacer algo viniera a escucharlo.
—Tenemos protocolos de seguimiento para las personas que salen del centro.
Pero los protocolos requieren personal. Y el personal no es suficiente para la demanda.
—¿Cuántas personas gestiona el centro actualmente?
—Trescientas veinte. Capacidad oficial: doscientas. Nos movemos en emergencia permanente.
—¿Y cuando alguien sale, ¿cómo se verifica el destino?
—Firman una declaración de que tienen alojamiento o que se van a tal sitio.
Se registra la dirección. Si en las primeras dos semanas hay dudas sobre la veracidad, teóricamente se hace seguimiento.
En la práctica, con el personal que tenemos, ese seguimiento ocurre en un veinte por ciento de los casos.
—¿El ochenta por ciento restante simplemente se va sin verificación?
—El ochenta por ciento restante se va con un papel firmado y la esperanza de que todo vaya bien. —Luciana Torres no dijo eso con dureza. Lo dijo con la tristeza de alguien que conoce perfectamente lo que dice.
—¿Ha habido personas que hayan salido con quien no debían irse? —preguntó Elena. —¿Que haya tenido dudas sobre las personas que venían a buscarlas?
La coordinadora la miró durante un momento.
—¿Esto va a cambiar algo?
—Si me cuenta lo que sabe, puede que sí.
Luciana Torres se levantó y cerró la puerta de su despacho.
—Hay personas que vienen a buscar a migrantes del centro.
A veces las reconozco como familia o amigos verificados.
A veces no. —Pausa. —Hace cuatro meses, una semana antes de que desaparecieran las tres mujeres que usted investiga, vino un hombre que dijo ser el primo de una de ellas.
Le di acceso al patio para hablar con ella.
Estuvieron veinte minutos. Cuando se fue, la mujer estuvo callada el resto del día.
—¿Podría reconocer a ese hombre?
—Tengo su nombre en el registro de visitas. Se identificó con el DNI.
Treinta segundos después, Elena tenía el nombre: Darío Molina.
El mismo hombre. El mismo método.
—¿Hubo más visitas así? —preguntó Rojas.
—Sí. Al menos tres más en los últimos seis meses. Siempre hombres, siempre con documentación aparentemente en orden, siempre con relación familiar declarada con la persona que venían a ver.
Elena y Rojas salieron del centro media hora después. Fuera, el calor de agosto en Algeciras tenía una densidad que mezclaba el mediterráneo y el atlántico en algo propio.
—Molina era el explorador —dijo Rojas. —Venía a establecer contacto, a identificar a las candidatas antes de la recogida.
—Y alguien lo enviaba con la información de quién buscaba.
—¿Quién tiene información sobre las migrantes antes de que entren al centro?
Elena pensó.
—Las redes que organizan los cruces. Las que operan en el norte de África. Si alguien en esa red identifica a mujeres vulnerables antes del cruce, puede pasarles la información a los que operan en este lado.