Capítulo 69
De vuelta al norte
El verano llegó y con él una calma relativa que en el trabajo de Elena significaba expedientes en curso pero sin urgencias agudas, el tipo de semanas en que el trabajo de gabinete avanzaba y el trabajo de campo esperaba.
El proceso de Quiroga siguió su curso en los juzgados.
El proceso de Morante también. Veloso fue juzgado en Portugal y condenado a catorce años, con la perspectiva de extradición a España cuando terminara.
Carmen Reyes fue suspendida cautelarmente del ejercicio de la abogacía mientras su proceso continuaba.
Elena pasó julio en Madrid, con el calor de la ciudad que en esa época del año convierte la Meseta en algo parecido a un horno de convección. Trabajó. Redactó informes. Coordinó con Europol sobre el expediente Volkov, que avanzaba pero despacio.
Y el primer fin de semana de agosto, fue a A Coruña.
No por trabajo. Por primera vez en casi un año, no por trabajo.
Mateo Iglesias la esperaba en el aeropuerto de Alvedro con el coche aparcado en doble fila y una expresión que era entre tranquila y expectante, del tipo que tienen las personas que han esperado algo con suficiente calma como para haber llegado a un punto donde esperar y no esperar son casi lo mismo.
—Hola —dijo él.
—Hola —dijo ella.
Era el tipo de saludo que no necesita más.
Fueron al barrio de los pescadores. El restaurante del pulpo estaba lleno de turistas de agosto pero el dueño, que conocía a Mateo desde hacía años, les guardó una mesa en el fondo, junto a la ventana con vistas al puerto.
El pulpo era exactamente lo que debía ser.
Comieron despacio, sin prisa de las que tiene el trabajo.
Hablaron de cosas que no eran el caso: de Salamanca, que tenía para los dos la textura de las ciudades donde uno crece y que siguen presentes de maneras que no siempre se eligen.
De los lugares que habían visto en el trabajo que no les hubiera gustado ver solo así. De los que sí les había gustado.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo completamente sin relación con el trabajo? —preguntó Mateo.
Elena pensó durante un momento real.
—Hace bastante tiempo.
—¿Cuánto es bastante?
—El tipo de bastante que no tiene fecha precisa.
Mateo asintió.
—Eso es lo que imaginaba.
Después de comer fueron a caminar por el paseo marítimo. El Atlántico de agosto tenía esa calidad diferente al de noviembre: más azul, más lleno de veleros, con la luz que duraba hasta las diez de la noche.
Caminaron durante una hora sin destino concreto. Era un lujo extraño para Elena, el de caminar sin un punto al que llegar.
—¿Vuelves mañana? —preguntó Mateo.
—El lunes.
—¿Tienes algo planeado mañana?
—No.
—Conozco un sitio en la costa, entre aquí y Malpica. Una playa que en agosto todavía tiene hueco si vas a primera hora.
Elena miró el mar. Luego lo miró a él.
—¿A qué hora?
—Las ocho.
—De acuerdo.
Era la respuesta de alguien que estaba aprendiendo, con más torpeza de la que le gustaría, que hay un espacio entre el trabajo y el descanso que no es rendición sino necesidad. Que ocupar ese espacio no quita nada de lo que hace con el trabajo. Que quizás, incluso, añade.
El Atlántico seguía sonando.
A Coruña de noche seguía siendo A Coruña.
Y era suficiente.