Mareas de Sangre Capítulo 66
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Capítulo 66

Morante habla

La detención de Alejandro Morante Ruiz se produjo en una mañana de finales de mayo, cuando el sol ya tenía esa fuerza mediterránea que convierte la Costa del Sol en la versión de sí misma que la gente espera encontrar.

El operativo fue ejecutado por la Guardia Civil bajo el mando del capitán Espinosa, con el apoyo de la UDEV.

Morante estaba desayunando en la terraza de su villa en La Zagaleta cuando los agentes llegaron.

Según el informe de Espinosa, miró a los agentes, luego al abogado que tenía sentado al otro lado de la mesa, y luego al mar.

Luego se levantó, dejó la servilleta sobre el plato y dijo que necesitaba cambiarse de ropa.

Le permitieron cambiarse.

El registro de la villa produjo lo que el equipo esperaba: documentación financiera compleja, varios teléfonos cifrados y, en una habitación que estaba cerrada con llave y que el personal de servicio decía no conocer, servidores informáticos con datos cifrados que el equipo técnico tardaría semanas en procesar.

El interrogatorio de Morante fue diferente de los anteriores que Elena había hecho en los últimos meses. Morante era un hombre acostumbrado a las negociaciones, a los acuerdos, a la gestión de situaciones difíciles a través del diálogo. No era del tipo que niega todo. Era del tipo que negocia.

—Inspectora —dijo, después de que su abogado estableciera los términos iniciales. —Entiendo que tienen un expediente sobre mis actividades empresariales.

—Entre otras cosas.

—Estoy dispuesto a facilitar información sobre ciertas estructuras financieras que operan en la zona. A cambio de una consideración razonable sobre mi situación.

—La situación de usted incluye amenazas a una periodista y posible complicidad en amenazas a su familia. Eso va más allá de la cuestión financiera.

Morante la miró. Por primera vez en el interrogatorio, algo en su expresión cambió: no fue la serenidad del negociador sino algo más parecido a la incomodidad.

—Las amenazas a la señora Solano —dijo— no fueron una decisión mía.

—¿De quién?

El abogado intervino. Morante lo ignoró.

—Hay personas sobre las que yo no tengo control —dijo Morante. —Personas que decidieron que el artículo de la señora Solano era un problema y que actuaron sin consultarme.

—¿Arkadi Volkov?

El nombre cayó en la sala como un objeto pesado. La reacción de Morante fue la respuesta en sí misma: no fue negación, fue recalibración.

—No conozco a ningún Volkov —dijo, pero la pausa antes de decirlo duró demasiado.

—Bien —dijo Elena. —Entonces hábleme de las estructuras financieras que mencionaba.

En las siguientes tres horas, Morante describió con suficiente detalle como para que fuera procesable una red de sociedades interpuestas que gestionaban inversiones inmobiliarias en la Costa del Sol para clientes que no querían que sus nombres aparecieran en los registros de la propiedad.

No nombró a Volkov. No habló de crimen organizado ruso directamente.

Pero la estructura que describió era exactamente la que el expediente de Europol había delineado.

Era cooperación parcial, calculada, del tipo que proporciona suficiente para convencer de que se coopera sin entregar lo que más importa.

Pero era más de lo que habían tenido hasta ese momento.

Elena salió del interrogatorio con el auto de prisión provisional firmado por el juez y un expediente que había ganado cuerpo en las últimas horas.

Y un nombre que Morante no había dicho pero que flotaba en la sala como el elefante que nadie menciona.

Arkadi Volkov.