Capítulo 64
Transportes Meridional
La empresa Transportes Meridional del Atlántico S.A.
tenía sede fiscal en Salamanca y delegación operativa en Sevilla, exactamente como Benigno Losada había descrito en el aparcamiento de la Torre de Hércules.
Lo que Losada no había sabido, porque no podía saberlo, era que la empresa tenía también una tercera presencia: una dirección en Algeciras que no era ni fiscal ni operativa sino lo que en el lenguaje empresarial se llamaba 'domicilio de representación', que en la práctica significaba un buzón de correos en una gestoría.
Algeciras.
El mismo Algeciras donde habían encontrado a Lucía Andrade.
Elena procesó esta información en la sala de operaciones de la UDEV de Sevilla, que era más pequeña que la de Málaga y la de A Coruña pero que tenía los mismos elementos esenciales: mesas de trabajo, pantallas, el mapa de la provincia en la pared.
Aguiar y un subinspector joven llamado Lara, que tenía el apellido de una mujer pero el nombre de pila de un hombre y que no había explicado por qué, estaban procesando lo que Elena les pedía con una eficiencia que decía que si tenían pocos recursos lo compensaban con rapidez.
—El propietario real de Transportes Meridional del Atlántico —dijo Lara, mirando la pantalla. —La cadena societaria es similar a las que describes en Málaga. Tres empresas intermedias. Llevo un rato tirando del hilo.
—¿Adónde lleva?
—El propietario final que aparece es una sociedad en Gibraltar. Gibraltar Limited Company, constituida hace cuatro años. —Lara siguió mirando. —Pero el administrador de esa sociedad gibraltareña tiene domicilio en España. En Salamanca.
—¿Un nombre?
—Francisco Andrade. Cuarenta y seis años, empresario de Salamanca sin antecedentes conocidos.
Elena anotó el nombre. Francisco Andrade, administrador en Salamanca. No era Quiroga directamente, lo que era de esperar: Quiroga operaba a través de capas. Pero era otro nudo de la red.
—¿Qué actividad tiene Transportes Meridional en el muelle de San Jerónimo?
—Según los registros de la Autoridad Portuaria del Guadalquivir, la empresa tiene contrato de uso de muelle para dos embarcaciones de mediano tonelaje. Oficialmente, transporte de mercancías agrícolas entre Sevilla y Lisboa.
—¿Y en la práctica?
Aguiar tomó la palabra.
—En la práctica, los tres informes de actividad sospechosa que mencioné en el coche se refieren en dos de los tres casos a embarcaciones registradas a nombre de empresas relacionadas con Transportes Meridional.
Elena miró el mapa de la provincia. El muelle de San Jerónimo estaba marcado con un círculo rojo que Aguiar había añadido esa mañana.
—Necesito que Lara trace todas las conexiones bancarias de Transportes Meridional con las empresas de Quiroga que ya tenemos documentadas. Si encontramos la conexión financiera, podemos pedir el registro del muelle de San Jerónimo con base en el caso precedente de A Coruña y Málaga.
—¿Y mientras?
—Mientras, buscamos a Isabel Moreno. —Elena señaló la foto de la chica de Bellas Artes en el tablero.
—Doce días. El patrón dice que puede seguir en España si el mismo sistema que usaron con Lucía Andrade está activo.
Necesitamos los mismos tipos de vigilancia que hicimos en Málaga: propiedades rurales o almacenes industriales fuera del casco urbano vinculados a las empresas del corredor.
—¿Por dónde empezamos?
—Por los que ya tienes en los registros de actividad sospechosa. Fechas, ubicaciones, descripciones de los reportes.
Lara ya estaba tecleando.
Aguiar se situó junto a Elena frente al tablero.
—¿Crees que Isabel Moreno está viva?
Elena la miró.
—Hace doce días que desapareció. Lucía Andrade llevaba veintitrés cuando la encontramos. —Hizo una pausa. —Sí. Creo que está viva. Y creo que vamos a encontrarla.
No era optimismo. Era el resultado de haber aprendido que en este tipo de casos, trabajar con la hipótesis de que la víctima estaba viva era la única manera de trabajar con la urgencia que el caso requería.
Y la urgencia era lo que podía hacer la diferencia.