Mareas de Sangre Capítulo 63
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Capítulo 63

El río

Sevilla en marzo tenía una luz que ninguna otra ciudad española tenía en esa época: una luz que ya era de primavera aunque el resto del país todavía estuviera en invierno, dorada y generosa, que hacía que los azulejos de las fachadas brillaran y que el Guadalquivir tuviera ese color particular entre marrón y verde que le daba el nombre de 'río de oro' a los que lo habían mirado antes que ella.

Elena llegó el lunes por la tarde en AVE.

La inspectora de la UDEV de Sevilla que la esperaba se llamaba Patricia Aguiar, cuarenta y un años, sevillana de toda la vida, con una agilidad de movimientos y una manera de hablar que tenía el ritmo peculiar del sur andaluz sin llegar al acento más cerrado.

—Bienvenida a Sevilla, inspectora. —Aguiar la recibió en la estación de Santa Justa con un apretón de manos y sin más protocolo. —He preparado todo lo que hay sobre Isabel Moreno. No es mucho, pero está.

—¿Cuándo fue vista por última vez?

—El miércoles de la semana pasada. Doce días.

—Aguiar conducía con el nerviosismo contenido de quien tiene urgencia pero sabe que hay que gestionarla.

—Sus compañeros del piso donde vivía, en el barrio de la Macarena, dijeron que había salido a las ocho de la noche.

Dijo que iba a un concierto en el barrio de Triana.

—¿Al concierto llegó?

—El local del concierto la recuerda. Llegó, estuvo un par de horas, salió hacia las once. A partir de ahí, nada.

—¿Cámaras en la zona?

—Revisadas. La captamos a las once y cuarto en la calle Betis, en la orilla del Triana. Caminando. Sola. —Aguiar hizo una pausa. —Hacia el río.

El río Guadalquivir era el eje de Sevilla de una manera diferente a como el Atlántico era el eje de A Coruña o el Mediterráneo el de Málaga.

El Guadalquivir era interior, navegable, histórico: el río por el que habían llegado las riquezas del Nuevo Mundo, el mismo río que en su trayecto hacia el mar pasaba por el puerto de Sevilla, que hasta el siglo XX había sido el único puerto interior habilitado para el comercio transatlántico de España.

Ya no tenía esa importancia histórica. Pero seguía siendo un puerto activo: no de grandes cargueros oceánicos, que no podían remontar el río más allá de Bonanza, sino de embarcaciones de mediano y pequeño tonelaje, de tráfico fluvial y costero.

—¿Hay actividad portuaria en el Guadalquivir que pueda ser relevante? —preguntó Elena mientras el coche cruzaba el puente del Cachorro.

—Hay algo que me ha parecido que podría interesarte desde que leí el expediente de lo que hiciste en A Coruña y Málaga.

—Aguiar giró por la avenida de la Raza. —En los últimos seis meses ha habido tres informes de actividad sospechosa en el muelle fluvial de San Jerónimo.

Embarcaciones que llegan de noche, descargas que no corresponden a los manifiestos declarados.

—¿Investigados?

—Estaban en la cola. Somos una unidad pequeña y el año pasado tuvimos tres casos prioritarios de crimen organizado de otro tipo. El fluvial quedó pendiente.

Elena asintió. Entendía eso. La UDEV era una unidad grande en el papel y dispersa en la práctica: siempre había más casos que recursos.

—¿Hay alguien en el puerto de San Jerónimo con conexiones conocidas con actividades ilegales?

Aguiar tardó un segundo.

—Hay una empresa. Transportes Meridional del Atlántico S.A.

Elena se detuvo.

Transportes Meridional del Atlántico S.A.

Era el nombre que Benigno Losada le había dado en la Torre de Hércules. El nombre que el amigo desaparecido del marinero le había mandado antes de desaparecer.

La red tenía más ramificaciones de lo que habían pensado.

Y Sevilla era una de ellas.