Mareas de Sangre Capítulo 62
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Capítulo 62

Sevilla en el horizonte

Los dos días que Elena se había dado para preparar el traslado a Sevilla fueron productivos en el sentido en que consiguió cerrar tres de los asuntos pendientes que tenía en Madrid, incluyendo un informe de coordinación con Europol sobre el seguimiento post-Quiroga que había prometido para esa semana y que Klausberg necesitaba para el proceso belga.

También los aprovechó para hacer algo que había ido postergando desde que volvió de A Coruña: llamar a Benigno Losada.

El marinero contestó al segundo tono, desde Carballo donde seguía instalado temporalmente.

—Losada.

—Soy Vargas.

Un silencio breve que no era incómodo.

—Inspectora. Me alegra oírla.

—¿Está bien?

—Mejor que en noviembre. —Una pausa. —He leído sobre el proceso de Seoane. Y de los demás.

—Sí. Va avanzando.

—¿Y el Armador?

—Quiroga está en proceso. Va a ser un juicio largo pero el caso es sólido.

—Bien. —La voz de Benigno tenía algo de satisfacción que era la de alguien que ha esperado mucho tiempo ver ciertas cosas ocurrir. —¿Puede volver al barrio de los Pescadores?

—¿Hay alguna razón para que no pueda?

—No directamente. Pero tenía miedo de volver mientras las cosas no estuvieran más claras.

—Las cosas están más claras, Benigno. No perfectas. Pero más claras.

—Entonces quizás vuelvo la semana que viene. —Una pausa. —Hay una señora que tiene gatos y que me deja darles de comer a veces. Los gatos también necesitan regularidad.

Elena sonrió un poco.

—Vuelva cuando quiera.

También llamó a Rosa Vázquez, del barrio de los Pescadores. Rosa le agradeció con la brevedad gallega que no necesita muchas palabras y añadió que la señora Sonia Martínez del bar Los Anclas, la otra testigo informal que le había mencionado, estaba bien y se sentía 'más tranquila que antes'.

Y el viernes por la tarde, sin planificarlo especialmente, llamó a Mateo Iglesias.

—¿Cómo va la semana? —preguntó.

—Bien. Tengo dos casos nuevos desde el lunes. Ninguno de trata, que es un alivio relativo. —Una pausa. —¿Tú?

—Salgo el lunes a Sevilla.

—¿Nuevo caso?

—Posiblemente relacionado con el corredor. Hay una chica desaparecida.

—¿El mismo patrón?

—El mismo perfil. No sé todavía si es el mismo sistema o algo diferente.

—¿Vas sola?

—Esta vez sí, al principio. Tengo un contacto en la UDEV de Sevilla que me espera.

Una pausa.

—Elena. —Era la primera vez que Iglesias usaba su nombre sin contexto de trabajo. —¿Cuándo tienes un día libre?

La pregunta era sencilla y complicada al mismo tiempo.

—En este trabajo los días libres son lo que no está planificado en el calendario — dijo. —Que a veces ocurre.

—¿Y cuando ocurre?

—Cuando ocurre, a veces lo aprovecho.

—¿Suficiente para venir a A Coruña?

Elena miró el mapa de la pared de su despacho. La chincheta roja de A Coruña brillaba bajo el fluorescente.

—Posiblemente —dijo.

—Posiblemente es suficiente para ahora —dijo Iglesias. —Que tengas buen viaje el lunes.

Colgó y Elena se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando el mapa.

Posiblemente.

Era una palabra que contenía más de lo que parecía.