Capítulo 59
El juicio
Los procesos judiciales tienen una lentitud que contrasta violentamente con la velocidad que requiere la investigación que los precede.
Elena lo sabía, lo había sabido siempre, y cada vez que llegaba a esa fase del trabajo tenía que hacer el ajuste mental de cambiar de marcha: de la adrenalina de la pesquisa a la paciencia del proceso.
El juicio de A Coruña, que era el primero en comenzar porque era donde se habían producido los primeros delitos documentados, abrió sus sesiones preliminares en enero, cinco semanas después del rescate de Lucía Andrade.
Los acusados en ese proceso eran cuatro: Adrián Seoane, Javier Pedrosa, Ramón Ramos y el agente Seijo.
Xavier Pedrosa, con su acuerdo de cooperación, declaraba como testigo protegido. Gerardo Pampín, con el suyo, también.
Elena fue citada a declarar como testigo experto y como responsable de la investigación en la tercera sesión, que se celebró un martes de enero con lluvia intensa sobre A Coruña. Llegó al juzgado con Ferreiro, que la había recogido en el hotel.
La sala era funcional y un poco fría, con el mobiliario de madera oscura que tienen los juzgados españoles de cierta edad y que comunica una seriedad acumulada por los años. La instructora presidía con esa atención activa que Elena había visto en ella desde el principio.
Declaró durante dos horas y media. Describió la investigación desde el principio: la llamada de Montoya, el viaje a A Coruña, el expediente de Lucía Andrade, los pasos que habían llevado de la desaparición de una chica a la identificación de un corredor de trata con ramificaciones internacionales.
La abogada defensora de Seoane intentó en varios momentos crear fisuras en su relato: la falta de evidencia directa en ciertos puntos, las circunstancias en que se habían obtenido algunas declaraciones, la fiabilidad de los informantes.
Elena respondió a cada cuestionamiento con la precisión de alguien que ha construido el caso con suficiente rigor para que aguante el escrutinio.
No era infalible. Ningún caso lo era. Pero era sólido.
Cuando terminó su declaración y salió de la sala, Ferreiro la esperaba en el pasillo con dos cafés.
—¿Cómo crees que fue?
—Bien dentro de lo razonable. La defensa de Seoane tiene buenos argumentos en la parte de la vinculación indirecta. Pero la estructura general del caso aguanta.
—¿Crees que habrá condena?
Elena tomó el café.
—Sí. No sé de cuántos años. Eso es otra cosa. Pero sí.
Salieron del juzgado a la lluvia de A Coruña. Elena se subió el cuello del abrigo.
—Ferreiro. En el informe final del caso voy a recomendar formalmente que se te ascienda de subinspector a inspector. Lo que encontraste sobre Pampín y lo que construiste en la parte local mientras yo estaba en el sur fue trabajo de inspector.
Ferreiro no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz tenía la misma serenidad de siempre.
—No era necesario que lo dijeras.
—Ya lo sé. Lo digo porque es verdad.
Caminaron bajo la lluvia hacia el coche. Afuera, A Coruña seguía siendo A Coruña: el gris atlántico, las galerías brillantes, el sonido del mar que se oía desde casi cualquier punto de la ciudad cuando el viento soplaba en la dirección correcta.
Elena pensó en Lucía Andrade, que en ese momento estaba probablemente en Lugo con su familia, recuperándose. En Irina Kovacs, en Málaga. En las mujeres del 'Mar Azul' y del 'Estrella del Sur' y del almacén de Algeciras.
En las que todavía no habían encontrado.
El caso era un proceso, no un evento. Y el proceso continuaba.