Mareas de Sangre Capítulo 58
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Capítulo 58

La reunión con Iglesias

Se encontraron en un café de la calle Galiana, en la ciudad vieja, que Iglesias le propuso con ese conocimiento local que tienen las personas que han vivido el tiempo suficiente en un lugar como para saber qué sitios son buenos para qué tipo de conversación.

Era un café tranquilo, de madera oscura y mesas separadas, con el ruido de fondo de una cafetera y la música tan baja que era más una textura que un sonido.

Iglesias llegó antes que ella. Estaba sentado en una mesa del fondo con una infusión y un libro que cerró cuando la vio entrar.

No hizo el gesto de ponerse de pie, que habría sido formal y este encuentro no era formal.

Simplemente la miró y asintió con esa economía de gestos que Elena reconocía ya como propia de él.

Se sentó frente a él.

—Cinco semanas —dijo Iglesias.

—Más o menos.

—¿Cómo ha ido el sur?

—Bien. Complicado. Bien al final.

—Lo he ido siguiendo por los partes que mandabas a la jefatura. —Hizo una pausa. —Lo que has construido en este caso es... considerable.

Elena pidió un café. No respondió de inmediato a lo que había dicho Iglesias porque era una de esas valoraciones que cuando se reciben sin preparación requieren un momento de calibración.

—El equipo ha construido algo considerable —dijo finalmente.

—Sí. Pero tú lo has dirigido.

El café llegó. Lo bebió despacio.

—¿Cómo está Irina? —preguntó.

—Bien. Ha empezado a trabajar con la psicóloga de manera regular. Su situación administrativa está en proceso de regularización. Es un proceso largo pero va bien. —Iglesias la miró. —Ha preguntado por ti también.

—¿Por mí?

—Quería saber si habías encontrado a la chica de A Coruña. La del caso que buscabas.

Elena pensó en Irina Kovacs, declarando durante cuarenta minutos con sus ojos firmes.

—Encontré a Lucía Andrade en Algeciras —dijo. —Viva.

Iglesias asintió. En su expresión había algo que iba más allá del alivio profesional.

—¿Cómo estaba?

—Físicamente deteriorada pero entera. Con una voluntad que... —Elena buscó la palabra correcta. —Que impresionaba. Escribía en un cuaderno desde el segundo día en el hospital.

—Los que sobreviven bien suelen tener algo así. Un recurso interno que los demás no ven.

Estuvieron en silencio durante un momento que era cómodo de la manera que solo lo son los silencios entre personas que ya se han dicho suficiente para no necesitar llenarlo siempre.

—¿Cuánto tiempo te quedas en A Coruña? —preguntó Iglesias.

—Esta semana. Tengo que estar en el proceso judicial y cerrar algunos cabos con Ferreiro. Luego vuelvo a Madrid.

—¿Y desde Madrid?

—Desde Madrid, el trabajo que sigue. La parte de Europol. El juicio cuando llegue. —Hizo una pausa. —El caso no termina cuando los detenidos están en proceso. Termina cuando el sistema está desmantelado. Y todavía falta.

—Lo sé. —Iglesias bebió un sorbo de su infusión. —¿Tú qué necesitas ahora mismo?

La pregunta la pilló desprevenida en su sencillez.

—¿Qué quieres decir?

—Llevas cinco semanas en modo de máxima presión. El caso está avanzando. ¿Qué necesitas tú, como persona, en este momento?

Elena lo miró durante un segundo.

—Una semana de vacaciones en algún lugar donde no haya puerto —dijo.

Iglesias sonrió. Era la primera vez que Elena le veía sonreír de verdad, no la sonrisa cortés profesional sino la que sale cuando algo resulta genuinamente gracioso.

—Razonable —dijo. —¿Y aparte de eso?

Elena no respondió inmediatamente. Miró la mesa, el café, la taza.

—No sé todavía —dijo. Y era verdad.