Capítulo 57
El regreso al norte
Elena volvió a A Coruña tres semanas después de haber salido. No para quedarse, sino para participar en la primera sesión del proceso judicial que se había abierto en el Juzgado número cuatro de la ciudad, que era el que tenía competencia sobre los delitos cometidos en su territorio.
El vuelo de Málaga a A Coruña era más corto de lo que habría esperado: una hora y media, poco tiempo para cruzar la distancia entre dos Españas que se parecían tan poco.
La del sur, luminosa y extrovertida incluso en diciembre.
La del norte, recogida sobre sí misma, con ese gris atlántico que en el trayecto de descenso ya se veía desde el avión.
Ferreiro la esperaba en la puerta de llegadas del aeropuerto de Alvedro.
No en el aparcamiento sino en la puerta, lo cual no era necesario pero era el gesto de quien ha pasado varias semanas siendo el enlace entre dos partes de una investigación que se desarrollaba en paralelo y que de alguna manera se siente responsable de que todo encaje.
—Bienvenida de vuelta —dijo.
—¿Cómo está la ciudad?
—Fría. Mojada. Como corresponde.
En el coche hacia la ciudad, Ferreiro le fue poniendo al día con lo que había ocurrido en su ausencia.
El proceso judicial de Seoane avanzando con la regularidad lenta que tienen los procesos cuando hay abogados de calidad en ambos lados.
Pampín con su acuerdo de cooperación en fase de validación por el fiscal.
Ramón Ramos, el captador de A Coruña, en prisión preventiva.
Y Xavier Pedrosa con su acuerdo de protección de testigos vigente, en paradero reservado.
—¿Cómo está el equipo? —preguntó Elena.
—Cuevas ya está de vuelta en Madrid. Soto también. —Ferreiro hizo una pausa. —El agente Seijo fue expulsado del cuerpo y está pendiente de juicio. El comisario de la jefatura pidió disculpas formales a tu equipo. —Otra pausa. —A ti también.
—No hace falta.
—Lo sé. Pero lo hizo.
Llegaron al centro de A Coruña. La ciudad tenía esa elegancia gris del invierno atlántico que Elena había aprendido a reconocer en las tres semanas que había pasado allí. Las galerías brillaban con la lluvia. El Paseo Marítimo tenía el viento que siempre tenía.
—¿Dónde está el hotel? —preguntó Elena.
—En la calle Real, el mismo que la segunda vez.
—Bien.
—¿Y el forense?
Elena lo miró de reojo.
—¿El forense?
—Iglesias. —Ferreiro no cambió la expresión pero había algo en el tono que era ligeramente más suave que el habitual. —Ha preguntado por ti un par de veces. Nada oficial. Solo... si tenías fecha de vuelta.
Elena miró por la ventanilla el puerto, que apareció brevemente entre dos edificios: las grúas, el agua, el horizonte.
—Le mandé un mensaje cuando salía del aeropuerto —dijo.
—Bien —dijo Ferreiro. Y no añadió nada más.
El hotel estaba en el mismo edificio de antes. La misma recepcionista. La misma habitación pequeña y silenciosa con la ventana al patio interior. Elena dejó la maleta y fue directamente a la ventana.
El patio estaba mojado. Las macetas de la vecina del primero tenían la tierra oscura de la lluvia reciente.
Había algo reconfortante en la continuidad de los detalles insignificantes.
Sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Mateo Iglesias: '¿Tienes tiempo esta tarde?'
Tenía tiempo esta tarde.
Por primera vez en más de un mes, tenía tiempo.