Mareas de Sangre Capítulo 55
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Capítulo 55

Pampín cede

El concejal Gerardo Pampín fue detenido en A Coruña el martes siguiente, veintiocho días después de que Elena llegara a la ciudad gallega.

La detención fue limpia y sin incidentes.

Pampín era un hombre que en el fondo sabía que esta posibilidad existía y que cuando llegó cooperó con la agilidad de quien ha pensado mucho en qué haría si ocurría.

Su abogado contactó al fiscal al día siguiente con una oferta de cooperación. La oferta incluía información sobre la estructura de corrupción en el entorno portuario de A Coruña y sobre la cadena de comunicaciones entre Quiroga y el entorno institucional del Ayuntamiento.

Elena coordinó con el fiscal desde Málaga. Ferreiro estaba en A Coruña siguiendo el proceso de cerca.

La declaración de Pampín fue, en palabras de Ferreiro cuando se lo resumió a Elena por teléfono, 'el tipo de declaración que hace cuando alguien calcula que la cooperación es su única opción real y decide hacerla completa para que valga algo'.

Pampín confirmó que había mantenido una relación con Quiroga durante cuatro años, que el viaje a Málaga que había organizado Conexión Sur había sido el inicio de esa relación, y que los 'favores' que había realizado desde el Ayuntamiento de A Coruña en forma de concesiones portuarias y permisos de uso de espacio eran en contrapartida por pagos que había recibido a través de su hermano Francisco.

No, dijo, sabía que era una red de trata. Sabía que los barcos transportaban 'cosas que no debían'. Pero había preferido no saber exactamente qué.

—No saber exactamente qué —repitió Elena cuando Ferreiro se lo contó. —Ese es el argumento de defensa de todos los que participan en esto sin mancharse directamente las manos. La ignorancia cultivada.

—Sí —dijo Ferreiro. —Pero para el fiscal es cooperación. Y en términos legales, la cooperación tiene valor.

—Lo sé. Lo importante es que confirma el rol de Quiroga en A Coruña y la estructura de corrupción que permitía que el corredor funcionara.

La declaración de Pampín fue el cuarto escalón de la escalera que estaban construyendo hacia Quiroga: Seoane, Xavier Pedrosa, Pampín y las víctimas. Cada declaración añadía un estrato de prueba sobre el que el siguiente se apoyaba.

Quiroga lo sabía. Su abogado de Madrid pidió una reunión con el fiscal el jueves.

En esa reunión, el abogado presentó una propuesta: Quiroga cooperaría con la investigación de la estructura internacional del corredor, aportando información sobre los destinos finales de las víctimas en el norte de Europa, a cambio de una reducción de cargos.

El fiscal lo consultó con Elena.

—¿Qué crees? —preguntó.

Elena tardó un momento en responder.

—Depende de qué información tiene. Si puede llevarnos a los que reciben en el norte de Europa, la cooperación tiene valor real porque esa parte del sistema no la tenemos todavía.

Si solo nos va a dar lo que ya sabemos...

—Se detuvo. —Escucha la propuesta. Pero no cedas en los cargos mínimos.

Cuatro, seis víctimas confirmadas con su implicación directa. Eso no es negociable.

—Entendido.

Colgó. Miró por la ventana de la sala de operaciones de la jefatura de Málaga. Afuera, la ciudad seguía con su vida de noviembre: el tráfico en la avenida, los turistas en el centro histórico, el cielo azul del sur que en diciembre empezaría a llenarse de lluvia.

Quiroga cooperando. Pampín cooperando. Seoane con proceso en marcha.

Era un avance significativo.

Pero los destinos finales, los que recibían en el norte de Europa, todavía eran una incógnita que el caso necesitaba resolver para ser completo.

La red no terminaba en España.