Mareas de Sangre Capítulo 54
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Capítulo 54

Lucía habla

Lucía Andrade pasó cuarenta y ocho horas en el Hospital Clínico de Málaga antes de estar en condiciones de declarar formalmente.

Tenía deshidratación moderada, el tobillo torcido, y lo que el médico que la trató describió como 'un estado de estrés postraumático agudo que requiere seguimiento psicológico específico'.

Elena la visitó al segundo día, no para interrogarla sino para verla.

La chica estaba incorporada en la cama, con el pelo limpio, con ropa del hospital que le quedaba grande.

Tenía un cuaderno en las manos, un cuaderno nuevo que alguien había traído.

Estaba escribiendo cuando Elena llamó a la puerta.

—¿Puedo entrar?

Lucía levantó la vista.

—Sí.

Elena entró y se sentó en la silla junto a la cama. No dijo nada durante un momento. Era la visita de alguien que sabe que no siempre la conversación es el lenguaje más útil.

—Escribir ayuda —dijo Lucía después de un momento, mirando el cuaderno.

—Eso me han dicho.

—¿Usted escribe?

—En el trabajo. Cuadernos de notas. Pero no sé si eso cuenta.

Lucía sonrió un poco. Era la primera sonrisa que Elena le veía y tenía algo de heroico en ella.

La declaración formal se produjo al tercer día, en una sala del hospital habilitada para el efecto, con una psicóloga especializada en trata presente y grabación en vídeo.

El proceso de declaración de víctimas de trata seguía un protocolo específico diseñado para obtener información sin producir retraumatización adicional, y la psicóloga, una mujer de unos cuarenta años llamada Isabel Montoya, lo condujo con una habilidad que Elena reconoció como excepcional.

Lucía declaró durante tres sesiones de una hora, separadas por descansos. Lo que relató era coherente con lo que Elena ya sabía desde otras fuentes, pero añadía dimensiones nuevas: la experiencia subjetiva de alguien que había pasado por el sistema no como dato sino como persona.

La habían abordado en el puerto no a través de Xavier Pedrosa directamente.

Xavier le había dado el contacto de otro hombre, Ramón Ramos, el que había sido detenido en A Coruña.

Ramos le había ofrecido trabajo en un hospital privado de Portugal, una oferta que en ese momento Lucía estaba evaluando porque sus padres necesitaban dinero y ella quería ayudar.

El trabajo parecía legítimo: sueldo concreto, contrato prometido, alojamiento incluido.

La primera señal de que algo estaba mal llegó en el barco. Cuando entendió que no iba a ningún hospital.

—¿Cómo fue? —preguntó la psicóloga, con suavidad.

—Asustada —dijo Lucía, con una sencillez que era más devastadora que cualquier dramatismo. —Muy asustada. Y luego pensé que si me quedaba asustada no iba a poder pensar. Así que intenté pensar.

—¿En qué pensabas?

—En que alguien tenía que estar buscándome. En que si aguantaba lo suficiente, alguien llegaría.

Elena escuchó esto desde la parte de atrás de la sala, donde estaba de observadora sin participar activamente. Sintió algo que era demasiado complicado para llamarlo de una sola manera.

Después de la declaración, cuando la psicóloga y el personal del hospital habían salido, Elena fue a la habitación de Lucía.

—Gracias por la declaración —dijo. —Lo que has contado va a ayudar a construir el caso.

Lucía asintió.

—¿Van a ir a la cárcel?

—El proceso va a llevar tiempo. Pero sí, van a ir a la cárcel.

—¿El que lo organizaba todo?

—Está detenido. El proceso está en marcha.

La chica la miró con esa directness de sus ojos oscuros que Elena había visto en la foto de carné del expediente y que en persona era todavía más intensa.

—¿Cuántas más hay? ¿Como yo. Que todavía no han encontrado.

Elena no respondió de inmediato. Era la pregunta que no tenía respuesta honesta satisfactoria.

—Trabajamos en eso —dijo. —Sin parar.

Era la verdad. Incompleta, insatisfactoria, pero verdad.