Mareas de Sangre Capítulo 53
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Capítulo 53

La detención

La detención de Esteban Quiroga Medina se produjo treinta y seis horas después del rescate de Lucía Andrade en Algeciras.

Treinta y seis horas que Elena pasó coordinando desde Algeciras primero, desde Málaga después, construyendo con Salinas y Lourdes y Soto el último tramo del informe que el fiscal necesitaba para pedir la detención.

El informe tenía ciento cuarenta y dos páginas cuando se presentó al juez de instrucción del Juzgado Central número cuatro de Madrid, que era el competente en casos de crimen organizado con alcance nacional. El juez lo leyó en dos horas y firmó la orden de detención a las cuatro de la tarde.

Elena no fue a la detención de Quiroga. Por segunda vez en el caso eligió no estar presente en ese momento. Era una decisión que no requería explicación interna: prefería reservar su presencia para el interrogatorio.

Fue Salinas quien entró en el despacho de la calle Larios a las seis de la tarde con dos agentes. Quiroga estaba reunido con un cliente. Lo interrumpieron con la eficiencia cortés que requería la situación.

Según el informe de Salinas, Quiroga preguntó una sola cosa cuando le leyeron los cargos:

—¿Quién lleva el caso?

—La inspectora Vargas, de Madrid —dijo Salinas.

Quiroga asintió, como si eso confirmara algo que ya sabía.

El interrogatorio comenzó el día siguiente, a las diez de la mañana, en la sala de interrogatorio de la jefatura de Málaga.

Quiroga llegó con dos abogados. Dos: uno de Madrid especializado en crimen organizado y uno de Málaga que era, descubrió Lourdes en una búsqueda rápida, el mismo abogado que había representado a varias empresas del entorno de Quiroga en procesos anteriores.

Elena entró a la sala con Salinas. Quiroga la miró cuando entró. Era la primera vez que se encontraban en ese contexto, frente a frente, con la diferencia de posición claramente establecida.

—Inspectora Vargas —dijo. Su tono era el mismo que en el despacho. La ecuanimidad de los que han calculado todos los escenarios. —Supongo que ha encontrado lo que buscaba.

—Encontré a Lucía Andrade —dijo Elena. —Viva, que era lo importante.

Una pequeña inclinación de cabeza que podría haber sido cualquier cosa.

—Me alegra oírlo.

—Le alegrará menos lo que viene después.

—Elena abrió el cuaderno. —Esteban Quiroga Medina.

Sobre usted tenemos los siguientes elementos: vinculación probada a través de estructuras societarias en seis países con las embarcaciones 'Estrella del Sur' y 'Mar Azul', ambas usadas para el transporte ilegal de personas.

Propiedad real de la finca de los Montes de Málaga y del almacén del polígono de Viator en Almería, ambos usados como puntos de retención.

Testimonio de una víctima que lo identifica en el despacho de la calle Larios.

Testimonio corroborado por Xavier Pedrosa, que lo identifica como organizador de la red.

Y la comunicación con Adrián Seoane de A Coruña, reconstruida a través de las intervenciones telefónicas.

Quiroga escuchó sin inmutarse. Luego miró a sus abogados. El de Madrid tomó la palabra:

—Mi cliente niega todos los cargos. La vinculación societaria es legítima y no implica conocimiento de actividades ilegales. El testimonio de víctimas en situación de vulnerabilidad y el de personas con acuerdos de cooperación con la fiscalía no son pruebas directas suficientes.

—Todavía no —dijo Elena. —Pero lo serán.

El interrogatorio duró cuatro horas. Quiroga no dijo nada que fuera procesalmente útil.

Era un hombre que había calculado exactamente hasta dónde podía llegar el caso en ese momento y se había instalado en ese límite con la comodidad de quien sabe que tiene recursos para mantenerse ahí durante un tiempo.

Cuando terminó, Elena recogió el cuaderno y salió de la sala.

En el pasillo, Salinas la esperaba.

—No ha dicho nada.

—No. Pero va a decir algo. —Elena miró el pasillo. —Cuando Pampín empiece a hablar, Quiroga va a sentir la presión. Y los hombres como Quiroga, cuando sienten la presión real, calculan de nuevo.

—¿Cuándo va a hablar Pampín?

—Ferreiro me dijo esta mañana que su abogado contactó al fiscal. Está abriendo una negociación.

—¿Y Seoane?

—Seoane ya habló. No del todo, pero suficiente para que Quiroga sepa que la base que sostenía su seguridad empieza a deteriorarse.

Elena salió hacia el ascensor.

—Dale tiempo —dijo. —Y mientras, seguimos construyendo el caso.