Mareas de Sangre Capítulo 52
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Capítulo 52

Veintitres días

El almacén de Algeciras tenía, en su parte trasera, una zona separada por paneles de madera que no estaban en los planos originales del edificio.

La zona separada era un rectángulo de unos cuarenta metros cuadrados con el suelo cubierto de cartón y colchonetas y la pared del fondo con una ventana pequeña y alta que dejaba entrar una franja de luz del puerto.

Cuando Elena iluminó el espacio con la linterna, contó ocho figuras. Algunas estaban tumbadas. Otras se incorporaron al oír la voz de Elena. Una, en el rincón derecho, no se movió.

Elena fue al rincón derecho.

La chica que estaba allí tenía el pelo oscuro y rizado. Llevaba ropa que no era suya, demasiado grande. Tenía los ojos abiertos y la miraba.

Elena se arrodilló.

—¿Lucía? —dijo.

La chica la miró durante un segundo que parecía más largo.

—Sí —dijo. Su voz era ronca, débil, de quien no ha hablado mucho en días. —¿Quién es usted?

—Soy la inspectora Vargas. De Madrid. —Elena notó que tenía que controlar algo en su voz para que saliera con la calma necesaria. —Vinimos a buscarte.

Lucía Andrade cerró los ojos durante un momento. Cuando los abrió, tenían algo húmedo que no llegaba a ser lágrimas pero que era el equivalente físico de soltar algo muy pesado.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó.

—Veintitrés días desde que desapareciste.

—Veintitrés. —Lo repitió como si fuera un número de otro idioma que necesitara procesar. —¿Están mis padres...?

—Están bien. Tu madre y tu padre llevan veintitrés días esperando esta llamada.

El equipo de Santos Ruiz aseguró el almacén.

Los dos hombres del exterior, alertados por el movimiento interno, intentaron huir por distintas direcciones y fueron detenidos por los agentes que cubrían el perímetro.

En el interior del almacén, además de Lucía y las otras siete personas, había un tercer hombre que estaba dormido en una silla junto a la entrada y que no se despertó hasta que lo esposaron.

Tres detenidos. Ocho personas rescatadas.

Elena ayudó a Lucía Andrade a ponerse de pie. La chica estaba débil pero se sostenía. Tenía el tobillo derecho vendado con tela rasgada de una camiseta.

—¿Qué te pasó en el tobillo?

—Me lo torcí en el barco. —Pausa. —Hubo un barco.

—Lo sé.

La sacó del almacén y la condujo hacia el exterior. Cuando cruzaron la puerta y el aire frío del Estrecho llegó, Lucía se detuvo un momento y respiró profundo. Era el gesto de alguien que ha estado mucho tiempo en espacios cerrados y que ahora tomaba contacto de nuevo con algo que recordaba.

Elena la dejó respirar.

Luego llamó a Ferreiro.

—Ferreiro. La tenemos. Lucía Andrade. Está viva y en condiciones de recibir atención médica.

La pausa del otro lado de la línea fue corta pero elocuente.

—Gracias a Dios —dijo Ferreiro, con la franqueza directa de quien no se preocupa de si suena poco profesional. —¿Cómo está?

—Físicamente débil. Emocionalmente... lo que cabría esperar.

—¿Y tú?

Elena miró a Lucía, que estaba mirando el horizonte sur donde la costa de Marruecos era una línea oscura sobre el agua.

—Estoy bien —dijo. Y esta vez era verdad del todo.

Colgó y mandó un mensaje a Mateo Iglesias: 'La encontramos.'

La respuesta llegó enseguida: 'Sabía que lo harías.'

La ambulancia tardó doce minutos en llegar. Lucía Andrade subió a ella con la ayuda de Elena y de una paramédica. Antes de que cerraran las puertas, miró a Elena.

—Gracias —dijo.

Elena asintió.

—Hay otras personas que también necesitan ayuda —dijo Lucía. —Las de dentro.

—Ya las estamos atendiendo.

—¿Y los que hacían esto? ¿Los van a detener?

Elena la miró directamente.

—Ya hemos detenido a muchos. Y vamos a llegar hasta el que lo organizaba todo.

Las puertas de la ambulancia se cerraron.

Elena se quedó de pie en el muelle de Algeciras viendo alejarse el vehículo. A su alrededor, el puerto seguía funcionando: los ferris, los barcos, las grúas, el movimiento incansable de los grandes puertos que nunca para.

Quiroga seguía libre.

Pero eso iba a cambiar.