Capítulo 51
El Estrecho
Llegaron a Algeciras a las cuatro y diez de la mañana.
La ciudad a esa hora era un organismo diferente al de las horas diurnas: el puerto encendido y activo como siempre porque los puertos no duermen, los ferris que cruzaban el Estrecho cada pocas horas en ambas direcciones, las luces de Gibraltar brillando al este y las del norte de Marruecos visibles en la distancia al sur.
El Estrecho de Gibraltar tenía catorce kilómetros en su punto más estrecho. Catorce kilómetros entre Europa y África. En esa distancia cabían millones de historias de cruce, algunas voluntarias y muchas no.
El inspector de la UDEV de Cádiz que había coordinado la vigilancia se llamaba Santos Ruiz, un hombre de cuarenta y siete años con el acento más cerrado de toda la cadena humana que Elena había conocido desde que empezó el caso. La estrechó la mano con fuerza.
—Inspectora Vargas. —Señaló el mapa que tenía extendido sobre el capó del coche.
—El almacén está aquí, en el sector seis del área de carga mixta.
Desde las tres de la mañana, mis agentes observan dos hombres haciendo rondas en el exterior.
Luz encendida dentro. No han visto salir ni entrar a nadie más.
—¿Hay forma de acceder sin ser visto por esos dos hombres?
—Hay un acceso de emergencia por el lado norte que da a una zona sin iluminación. Podríamos entrar por ahí con cuatro personas sin que los de fuera lo vieran, siempre que los dos guardas estén en el lado sur en ese momento.
—¿Y si no lo están?
—Entonces es más complicado pero posible.
Elena miró el mapa durante un momento.
—¿Tenemos la autorización judicial?
—El juez de guardia de Algeciras firmó hace dos horas. Tenemos auto para registro e identificación de personas.
—Bien. Cuatro personas por el acceso norte. Herrera, yo, y dos de los tuyos. El resto cubre la fachada principal y los laterales. Nadie sale.
—Entendido.
Mientras el equipo se organizaba en la oscuridad, Elena llamó a Salinas y a Ferreiro para dar el parte. Luego sacó el teléfono una vez más y dudó durante un segundo antes de mandar un mensaje a Mateo Iglesias: 'Algeciras. Puede que la tengamos.'
No era protocolo. Era el impulso de compartir ese momento con alguien antes de que ocurriera.
La respuesta llegó en menos de un minuto, lo que significaba que Iglesias tampoco dormía: 'Con todo lo que tengo.'
El equipo se puso en movimiento a las cuatro y cuarenta.
El acceso norte del sector seis del área de carga mixta era un espacio entre contenedores apilados que creaba un corredor oscuro de unos veinte metros de longitud. Al final del corredor, la pared lateral del almacén tenía una puerta de emergencia con barra interior.
Lo que nadie había calculado era que la barra interior estaba empujada desde dentro.
Lo que significaba que la puerta no abriría desde fuera sin hacer ruido.
Elena le señaló la puerta a Santos Ruiz con la linterna apagada, usando un gesto. Ruiz asintió. Sacó una herramienta de su equipamiento y trabajó la cerradura con la precisión de quien sabe hacerlo. Tardó cuarenta segundos.
Cuarenta segundos que fueron los más largos en muchas horas.
La puerta se abrió.
El interior del almacén olía a metal, aceite y humanidad.
Elena entró con la linterna en una mano y la pistola en la otra.
—Policía —dijo en voz alta. —Nadie se mueva.