Mareas de Sangre Capítulo 50
52%

Capítulo 50

Herrera llegó al hotel de Almería a las doce y cuarto de la noche. Elena ya estaba en la calle con la maleta cuando apareció el coche. El agente tenía el aspecto de quien acaba de ser despertado pero no se queja de ello, que era exactamente lo que había ocurrido.

Herrera conducía. Elena iba en el asiento del copiloto con el portátil en las rodillas, revisando lo que Soto seguía mandando sobre el almacén de Algeciras.

Era una nave en el área de carga mixta del puerto, gestionada oficialmente por una empresa de servicios portuarios cuyo propietario real, siguiendo el mismo modelo de capas societarias, llevaba a una empresa gibraltareña que llevaba a otra maltesa que llevaba al mismo holding de Luxemburgo que todo lo demás.

—¿Cuánto tiempo has dormido en los últimos dos días? —preguntó Herrera, sin apartar la vista de la carretera.

—Suficiente.

—¿Cuántas horas exactamente?

—Herrera.

—Era una pregunta real, no un reproche.

Elena pensó.

—Unas nueve horas en los últimos tres días.

El agente no dijo nada. Pero en su manera de ajustar las manos en el volante había algo que decía que había escuchado.

—¿Tienes familia? —preguntó Elena después de un rato, sin saber exactamente por qué lo preguntaba.

—Una hija. Ocho años. Con su madre en Sevilla.

—¿Funciona bien ese arreglo?

—Mejor de lo que funcionaba cuando vivíamos juntos. —Lo dijo sin amargura visible. —El trabajo en campo no es compatible con ciertas cosas.

Elena asintió. Conocía esa incompatibilidad.

La había experimentado de primera mano en una relación que había durado tres años y que había terminado por razones que en ese momento no se habían articulado claramente pero que en retrospectiva se resumían en que la otra persona quería que Elena estuviera presente de una manera que Elena no podía estar.

—¿Y tú? —preguntó Herrera.

—Sola —dijo Elena. Sin ambigüedad, sin explicación adicional.

—¿Por elección o por las circunstancias?

Elena lo pensó honestamente.

—Un poco de las dos.

Herrera asintió y siguió conduciendo.

La carretera pasó por las afueras de Almería y luego por la costa del poniente, los invernaderos iluminados en la oscuridad como ciudades de plástico. A medianoche pasaron por Adra. A la una y media por Motril. A las dos por las afueras de Granada en la distancia.

A las dos y cuarenta, cuando la carretera empezaba a bordear el parque natural de los Alcornocales y los olivos daban paso a los pinos, Soto mandó un mensaje:

'Vigilancia del inspector de Cádiz sobre el almacén de Algeciras. Hay luz encendida en el interior. Movimiento de al menos dos personas fuera. No se han aproximado más. Esperan tu llegada.'

Elena respondió: 'Llegamos a las cuatro aproximadamente. Que mantengan distancia.'

Luego cerró el portátil y cerró los ojos. No para dormir, aunque puede que durmiera un poco. Sino para organizar lo que sabía y lo que iba a hacer cuando llegara.

Si Lucía Andrade estaba en ese almacén, llevaría veintitrés días desaparecida cuando la encontraran.

Veintitrés días.

Era mucho tiempo. Era el tiempo suficiente para que muchas cosas ocurrieran. Pero también era el tiempo en que otras personas habían sobrevivido y habían podido contar su historia.

La carretera seguía bajo la oscuridad.

Algeciras se acercaba.