Mareas de Sangre Capítulo 47
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Capítulo 47

La declaración de Xavier

Mientras Elena seguía el rastro en el sur, en A Coruña Xavier Pedrosa se sentó frente al fiscal con su abogado de parte y empezó a hablar. Ferreiro lo observó a través del espejo unidireccional de la sala de declaraciones, tomando notas.

Xavier Pedrosa tenía la herida del costado todavía visible bajo la camisa. Tenía también esa expresión de quien ha decidido que tiene más que perder callando que hablando, lo cual en el contexto de lo que sabía era probablemente cierto.

Habló durante cuatro horas.

El sistema de captación, según Xavier, funcionaba de la siguiente manera: había una red de contactos en las ciudades portuarias y universitarias del norte de España que identificaban a mujeres jóvenes con el perfil adecuado: extranjeras o sin red de apoyo local, solas, con situaciones económicas o administrativas vulnerables.

Los contactos las aproximaban de manera gradual, construyendo confianza.

Xavier era uno de esos contactos en A Coruña.

No sabía, dijo, qué pasaba exactamente con las mujeres una vez que las conducía al primer punto de la cadena. Se había convencido a sí mismo de que eran 'oportunidades de trabajo' para las que él hacía de intermediario. Pero con el tiempo, y con lo que había visto, había empezado a entender.

—¿Y no lo reportaste? —preguntó el fiscal.

Xavier bajó la vista.

—No. Tenía miedo.

—¿De quién?

La pausa larga que todos esperaban.

—El hombre que me contrató para hacer ese trabajo se llamaba Ramos. Ramón Ramos. Es de A Coruña. No tiene cargo oficial en ninguna empresa, pero todos en el ambiente saben que trabaja para el Armador.

—¿Y el Armador? ¿Quién es el Armador?

Xavier Pedrosa miró al fiscal directamente.

—El Armador se llama Esteban Quiroga. Vive en Málaga. Yo nunca lo vi en persona, pero Ramos me dijo su nombre una vez, sin querer. Que yo notara.

El nombre que ya tenían. Pero confirmado ahora por una segunda fuente directa.

—¿Qué sabes sobre Ramón Ramos? —preguntó el fiscal.

—Vive en A Coruña, en el barrio de Elviña. Tiene cuarenta y tantos años. Dice que es consultor de empresas, pero nadie sabe muy bien de qué. Siempre tiene dinero. —Xavier hizo una pausa. —Y sé dónde suele estar los viernes por la tarde.

Ferreiro mandó un mensaje a Elena con ese dato antes de que Xavier terminara de hablar.

Elena lo leyó en Almería y mandó de vuelta: 'Detención inmediata. Coordina con Cuevas.'

La detención de Ramón Ramos se produjo esa misma tarde en un bar del barrio de Elviña, sentado frente a una caña y mirando el partido en la televisión.

No opuso resistencia. Cuando le pusieron las esposas, su expresión fue de alguien que sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano y que simplemente había esperado que fuera más tarde.

En el teléfono de Ramos, que iba sin contraseña porque los hombres confiados también cometen errores de seguridad básicos, Cuevas encontró algo de inmediato valor: una cadena de mensajes con un número que Soto identificó en cuestión de minutos como el mismo teléfono de prepago que Xavier Pedrosa había llamado las veces que habían intervenido sus comunicaciones.

El hilo de la red seguía teniendo hilos que jalar.

Pero Lucía Andrade seguía sin aparecer.

Y en el sur, Elena miraba el mapa del Estrecho de Gibraltar y pensaba en cuánto tiempo le quedaba.