Mareas de Sangre Capítulo 46
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Capítulo 46

Almería

Llegaron a Almería a las ocho y veinte. La UDEV de Almería era más pequeña que la de Málaga: dos inspectores y tres agentes, con el inspector jefe Julio Montero al mando, un hombre de cuarenta y cinco años con el aspecto de quien ha trabajado toda su vida en el sur y ha aprendido a no precipitarse porque el calor enseña paciencia.

Montero los esperaba en la jefatura con café y los registros de las empresas vinculadas a Distribuciones Atlántico Sur en Almería preparados sobre la mesa.

—La delegación de Almería —explicó Montero, señalando en el mapa— está en el polígono de Viator, a las afueras. Tienen una nave de almacenamiento y distribución. Legalmente, trabajan con productos agrícolas: aceite de oliva, conservas, fruta de la zona.

—¿Cuándo fue la última vez que hubo actividad sospechosa?

—Eso es lo interesante. —Montero señaló un registro.

—Hace exactamente dos días, el miércoles por la noche, una de mis informantes del barrio del Cable Inglés me avisó de que había visto a varias mujeres jóvenes ser metidas en la nave de Viator.

No le dio más detalles porque era tarde y tenía miedo.

—¿Y la nave fue inspeccionada?

—No todavía. Esperaba tener más antes de mover. Pero con lo que me explicas de Málaga, creo que el momento es ahora.

Elena miró el mapa. El polígono de Viator estaba a diez kilómetros de la ciudad, en dirección norte. Nave de almacenamiento y distribución. Dos días atrás. Exactamente cuando habían movido a las personas de la finca de Málaga.

—¿Tienes un juez?

—Tengo a la jueza de guardia esperando mi llamada.

—Llámaela.

La orden llegó en cuarenta minutos. El equipo conjunto, formado por los agentes de Almería y Herrera, se organizó en veinte minutos. Elena coordinaba desde el exterior.

La nave de Viator tenía el aspecto de cualquier nave industrial del polígono: metal y cemento, puertas de carga grandes, un cartel de la empresa en la fachada.

Lo que la diferenciaba de las otras naves era que a las diez de la mañana de un día laborable, una nave de distribución de productos agrícolas debería tener movimiento y esa no tenía ninguno.

Entraron a las diez y cuarto.

La nave tenía dos partes: un área de almacenamiento frontal con palés de aceite y conservas, perfectamente legal, y un área posterior separada por una pared de escayola que no estaba en los planos originales del edificio.

Detrás de la pared de escayola había una habitación de unos sesenta metros cuadrados. El suelo tenía colchonetas. Había botellas de agua, una cubeta de plástico que hacía de aseo improvisa do, y en los rincones, ropa doblada.

La habitación estaba vacía.

Dos días atrás, según la informante de Montero. Las habían sacado antes.

Elena se quedó de pie en el centro de la habitación vacía. El olor era el de los lugares donde ha habido personas en hacinamiento durante tiempo: humanidad, miedo, ausencia de ventilación.

Sacó el teléfono y llamó a Salinas.

—Almería. Las sacaron antes de que llegáramos. Nuevamente.

—Mierda —dijo Salinas, con una franqueza que en otras circunstancias habría resultado descriptiva.

—¿Soto tiene algo del ordenador de la finca?

—Está trabajando. Dame dos horas.

Elena salió de la habitación y fue al área frontal de la nave. Montero estaba revisando la documentación de la empresa.

—¿Hacia dónde las habrán llevado? —preguntó Montero.

Elena miró el mapa mental que llevaba construyendo desde A Coruña. Norte a sur, la ruta. Pero también existía la ruta de salida: desde el sur de España, ¿hacia dónde?

—El Estrecho —dijo. —Si las sacan de España, pasan por el Estrecho. Algeciras, Tarifa, Ceuta.

Llamó a Ferreiro.

—Ferreiro. Necesito que coordines con las unidades de control de fronteras en el Estrecho. Si están moviendo personas fuera de España ahora mismo, pasan por ahí. Quiero alerta en todos los puntos de cruce.