Mareas de Sangre Capítulo 45
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Capítulo 45

El rastro frío

La madrugada después de la operación Sierra fue de trabajo sin pausa.

Los cuatro detenidos de la finca fueron llevados a la jefatura y procesados.

Las siete mujeres y el menor fueron atendidos en el hospital.

Elena pasó tres horas revisando con Salinas y Lourdes todo lo que habían encontrado en la casa principal de la finca: documentos, teléfonos, un ordenador portátil que Soto en Madrid empezaría a analizar en cuanto llegara por valija policial.

En el ordenador portátil, que estaba desbloqueado porque su dueño no había tenido tiempo de cerrarlo antes de ser detenido, había algo inmediatamente visible en el escritorio: una carpeta llamada 'Logística Sud'.

En esa carpeta, una hoja de cálculo con nombres en columnas, fechas, números y lo que parecían ser destinos.

Los nombres estaban en código. Pero los destinos no lo estaban completamente.

En la hoja de cálculo, una fila que correspondía a una entrada de hacía tres días, mostraba en la columna de destino: 'Almería. Conexión. Pendiente.'

Almería.

Elena señaló la pantalla.

—Almería. Distribuciones Atlántico Sur tiene una delegación en Almería. —Miró a Salinas. —Dos días atrás Quiroga movió personas. Dos días atrás, esta hoja dice que algo estaba 'pendiente' con Almería.

—¿Crees que Lucía está en Almería?

—Creo que algo pasó por Almería dos días atrás y que puede tener que ver con las personas que movieron de esta finca.

Salinas miró el reloj. Eran las tres de la mañana.

—Almería está a dos horas en coche.

—Lo sé.

—¿Quieres ir ahora?

Elena lo pensó. La respuesta instintiva era sí. La respuesta calculada también era sí, pero con matices.

—No sin apoyo local. Llama al jefe de la UDEV de Almería. Ahora mismo. Explícale la situación y que necesito un equipo listo para mañana a primera hora.

—¿Y tú?

—Yo duermo tres horas y salgo a las seis.

Ferreiro la llamó a las dos y media, cuando vio que la noticia de la operación Sierra había llegado a los canales internos.

—¿Encontrasteis a Lucía?

—No. Pero estamos más cerca.

—¿Dónde estás?

—Todavía en Málaga. Mañana Almería.

Una pausa.

—¿Estás bien?

Era la segunda vez que alguien le hacía esa pregunta en pocos días. Primero Salinas, ahora Ferreiro. Elena se preguntó brevemente qué estaba comunicando su aspecto o su voz que producía esa pregunta.

—Estoy cansada —dijo. —Es diferente a no estar bien.

—Claro. —Ferreiro hizo una pausa. —Aquí hay novedades también. Xavier Pedrosa llegó a un acuerdo con el fiscal esta tarde. Va a declarar.

—¿Qué ha ofrecido?

—Información sobre el sistema de captación. Nombres de captadores en A Coruña y en otras ciudades del corredor. Y dice que sabe quién es el Armador.

Elena se incorporó en la silla.

—¿Lo ha dicho?

—Ha dicho que lo dirá en declaración formal mañana. Con protección garantizada.

—Que el fiscal le dé lo que pide dentro de lo razonable. Necesitamos ese nombre.

—Ya lo sabe. —Ferreiro hizo una última pausa. —Elena. Encuentra a esa chica.

—Sí.

Colgó. Salió de la sala de operaciones hacia el hotel. Caminó los quince minutos a pie aunque podría haber llamado a un coche, porque necesitaba el aire y el movimiento aunque su cuerpo estuviera pidiendo cama.

Almería. Mañana Almería.

Y en algún punto de esa noche, en algún lugar de España, Lucía Andrade seguía siendo una persona real que seguía esperando.