Capítulo 44
Operación Sierra
La operación se llamó Sierra porque era el nombre que Salinas asignó en el registro de operaciones, de manera prácticamente aleatoria pero que en retrospectiva tenía una lógica: la sierra de Málaga como escenario, la sierra como metáfora de lo que tienen en común las cosas que hay que subir con esfuerzo.
El equipo de intervención era de dieciséis personas: diez de la UDEV de Málaga, cuatro de la Guardia Civil y dos técnicos forenses que esperarían en los vehículos hasta que la zona estuviera asegurada.
Elena coordinaba desde el puesto de mando móvil establecido a dos kilómetros de la finca.
Herrera dirigía el equipo en el terreno.
La autorización judicial llegó a las nueve de la noche. A las diez, el equipo estaba en posición.
La finca tenía un único acceso por camino privado, flanqueado por cipreses que en la oscuridad creaban un túnel de sombras. El equipo de Herrera accedió por el flanco sur, a través del pinar, para evitar el camino. Tardaron veinte minutos en llegar a la posición de asalto sin ser detectados.
A las diez veinte, Herrera comunicó por radio:
—Posición lista. Dos vigilantes en exterior, uno en el jardín norte, uno en el acceso principal. La casa principal tiene luces en planta baja. El edificio auxiliar tiene luz, hay ruido dentro. Parece... —Una pausa. —Parece música. Alguien tiene la radio puesta.
Elena procesó esto. Música. Era el tipo de cosa que se ponía para enmascarar otros sonidos.
—Ejecuta —dijo.
El asalto duró cuatro minutos. Los dos vigilantes exteriores fueron reducidos antes de que pudieran dar la alarma. En el interior de la casa principal, tres hombres fueron detenidos. Uno intentó huir por la parte trasera y fue interceptado por el agente que cubría ese flanco.
El edificio auxiliar se abrió con una llave que encontraron en la casa principal. Cuando Herrera abrió la puerta, la radio que sonaba dentro era un programa de variedades de una emisora local.
El interior era una habitación grande con el suelo de cemento. Había colchonetas, botellas de agua, ropa apilada en rincones. Y había personas.
Herrera contó en voz alta a través de la radio:
—Uno, dos, tres, cuatro... siete personas. Mujeres y un menor. Repito: siete personas, aparentemente ilesas.
Elena exhaló.
—¿Hay alguna que responda al nombre de Lucía?
Una pausa en la radio. Escuchó la voz de Herrera haciendo la pregunta en el espacio del edificio. Luego silencio.
—Negativo. Ninguna responde a ese nombre.
Elena cerró los ojos durante un segundo.
Siete personas más. No Lucía.
—Asistencia médica para todas —dijo. —Y que alguien venga a buscar a los detenidos.
Llegó a la finca veinte minutos después, cuando el perímetro ya estaba asegurado. Las siete mujeres y el menor habían sido sacados del edificio y estaban en el jardín de la finca, envueltos en mantas térmicas, con los técnicos sanitarios evaluando su estado.
Elena fue de persona en persona. Mirando. Buscando una cara que conocía de una foto del expediente.
Lucía Andrade no estaba.
Uno de los detenidos, el que habían interceptado intentando huir, habló después de una hora de interrogatorio con la presión adecuada: sí, había habido más personas en esa finca. Algunas habían sido movidas dos días antes. A dónde, dijo que no sabía.
Dos días antes. Elena lo calculó. Justo después de que visitara el despacho de Quiroga. Justo después de que él supiera que la investigación se acercaba.
Había movido a Lucía.
Y a las otras.
Elena se quedó de pie en el jardín de la finca de los montes de Málaga, mirando el cielo lleno de estrellas que el alejamiento de la ciudad hacía visible con una claridad inusual. El Mediterráneo brillaba abajo en el horizonte, lejano y tranquilo.
Quiroga la había adelantado.
Pero no por mucho.