Capítulo 43
La guarida
El viernes llegó con una información que Lourdes Cano había construido durante dos días de trabajo silencioso con los registros mercantiles y de propiedad de la provincia de Málaga.
La investigadora financiera tenía esa capacidad de los analistas que encuentran placer en los datos: no la excitación superficial sino el placer profundo de ver aparecer la verdad en los números cuando se miran desde el ángulo correcto.
—Quiroga tiene una finca —dijo Lourdes, mostrando el registro en la pantalla.
—En los montes de Málaga, a unos dieciocho kilómetros de la ciudad.
Oficialmente, es una propiedad rural registrada a nombre de una sociedad patrimonial.
La sociedad patrimonial tiene como administrador a un testaferro, un hombre de setenta años sin actividad conocida.
Pero el beneficiario real, si se sigue la cadena societaria, coincide con el patrón de las otras estructuras de Quiroga.
Elena miró las coordenadas en el mapa.
—¿Qué hay en esa finca?
—Según el catastro, una casa de campo de unos cuatrocientos metros cuadrados y varias dependencias auxiliares. Piscina cubierta. Acceso por camino privado desde la carretera de los Montes.
—¿Actividad reciente?
—Consumo eléctrico significativamente alto en las últimas dos semanas. —Lourdes puso el registro de consumo en pantalla. —Para una finca que oficialmente está 'sin uso habitual'.
Elena miró el mapa. La finca estaba en una zona de pinares y olivos, suficientemente alejada de la ciudad para tener privacidad pero suficientemente accesible por carretera para el tipo de operación que imaginaba.
—Necesito vigilancia aérea. ¿Tenemos acceso a un dron?
Salinas levantó el teléfono.
—Lo gestiono ahora.
La autorización para el uso del dron de vigilancia policial llegó en dos horas. Era viernes por la tarde cuando el operador de la unidad aérea de la Guardia Civil de Málaga lanzó el aparato desde un punto a tres kilómetros de la finca para evitar que el sonido fuera detectado.
Las imágenes llegaron en tiempo real a la sala de operaciones.
La finca aparecía en la pantalla como una mancha verde entre los pinos, con el tejado de la casa principal visible y tres edificios auxiliares.
El consumo eléctrico que había señalado Lourdes tenía su origen visible: luces encendidas en la casa principal y en uno de los edificios auxiliares, el más grande, que tenía aspecto de antiguo granero reconvertido.
—Hay movimiento humano —dijo el operador del dron, ajustando el ángulo de la cámara. —En el perímetro de la finca. Dos personas caminando.
Elena se inclinó hacia la pantalla. Dos hombres, patrullando el perímetro. No era el comportamiento de quien está en una finca de campo por placer.
—¿Hay alguna manera de ver el interior de los edificios?
—Con la cámara térmica, sí.
La imagen cambió al espectro térmico. En el edificio auxiliar grande aparecían siluetas de calor. Demasiadas para ser un almacén vacío. Elena contó.
—Seis siluetas en el edificio auxiliar. —Salinas estaba a su lado. —¿Qué crees que es?
Elena no respondió inmediatamente. Miró las siluetas en la pantalla térmica: seis formas de calor humano en un edificio de campo, custodiadas por dos hombres en el exterior.
—Creo que es exactamente lo que parece —dijo finalmente.
Llamó a Montoya.
—Rodrigo. Creo que hemos encontrado el punto de retención en Málaga. Necesito autorización para un registro urgente. Y necesito una unidad de intervención de apoyo porque puede haber resistencia.
—¿Cuándo?
Elena miró el reloj. Las seis de la tarde.
—Esta noche.