Capítulo 42
La abogada
Carmen Reyes tenía su despacho de abogada, diferente de las oficinas de Conexión Sur, en el barrio de Pedregalejos, cerca del mar. Era un primer piso en una calle tranquila con balcón sobre el que había puesto una planta que sobrevivía con notable dignidad al invierno mediterráneo.
Elena fue a verla el jueves por la tarde, sola, sin identificarse como policía, con el pretexto de consultar sobre un asunto de derecho mercantil.
Era un pretexto demasiado simple, y Carmen Reyes era demasiado lista para no entender que algo no cuadraba.
Pero había ciertas conversaciones que funcionaban mejor cuando una de las dos personas presentes fingía no saber lo que la otra era.
Reyes tenía cuarenta y dos años, inteligencia rápida visible en la manera en que escuchaba, ojos oscuros que procesaban más información de la que dejaban ver. Vestía de manera sobria pero con gusto, el tipo de ropa que no llama la atención pero que está bien hecha.
—¿En qué consiste su asunto? —preguntó, después de los saludos de rigor.
—Tengo un cliente que necesita asesoría sobre estructuras societarias en varios países. Concretamente en temas de logística y distribución internacional.
—Entiendo. ¿Tiene experiencia con estructuras en Luxemburgo o Gibraltar?
Elena la miró directamente.
—Sí. Y en Malta. Y en las Islas Vírgenes Británicas.
Reyes sostuvo la mirada sin parpadear. Era buena. Muy buena.
—Son jurisdicciones comunes en logística internacional —dijo con serenidad. —¿Cuál es la actividad de su cliente?
—Transporte marítimo, principalmente. Y distribución.
—¿De qué tipo de productos?
—Variados. —Elena hizo una pausa calculada. —Incluyendo algunos que no siempre aparecen en los manifiestos de carga.
El silencio que siguió duró cuatro segundos.
—Inspectora Vargas —dijo Carmen Reyes finalmente, sin subir el tono ni cambiar la expresión. —No voy a fingir que no sé quién es. La he buscado esta mañana después de la reunión con Quiroga. Sé para qué está aquí.
Elena no respondió. La dejó continuar.
—Hay cosas que no puedo comentar por secreto profesional. Hay cosas que no voy a comentar por razones propias. —Hizo una pausa. —Pero hay una cosa que sí le voy a decir, porque tengo razones para decirla que no tienen que ver con la lealtad a nadie en particular.
—La escucho.
—La chica que busca. La de A Coruña. —Reyes la miró. —Todavía está en España.
Elena sintió el impacto de esas palabras con la precisión de un golpe bien apuntado.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque sé cosas que en algún momento dejé de ignorar demasiado tarde. —La voz de Reyes no tenía emotividad. Era la voz de alguien que ha pensado mucho en lo que está diciendo y ha decidido decirlo de esta manera exacta. —No sé dónde está. No sé más. Pero está en España.
—¿Por qué me lo dice?
Una pausa larga.
—Porque hay cosas que tienen un punto de no retorno. Yo lo pasé hace tiempo. Esta es una manera de reconocerlo.
Elena la miró durante un momento.
—¿Está dispuesta a declarar formalmente?
—No todavía. Necesito pensar en las implicaciones.
—Tiene hasta mañana —dijo Elena. —Si mañana no llama, el siguiente movimiento lo decido yo.
Reyes asintió lentamente.
—Mañana llamo.
Elena salió del despacho y caminó hacia el mar. Las olas del Mediterráneo llegaban a la orilla del barrio de Pedregalejos con esa serenidad de noviembre. Sacó el teléfono y llamó a Salinas.
—Salinas. Lucía Andrade está en España. Esto cambia el plan.