Capítulo 41
El despacho de Quiroga
Esteban Quiroga Medina tenía cita con Elena Vargas a las once de la mañana del jueves. No porque ella lo hubiera citado formalmente, sino porque Elena había calculado que la mejor manera de medir a un hombre era pedirle una reunión aparentemente informal antes de tener suficiente para detenerlo.
La llamada la había hecho Salinas, presentándose como inspector de la UDEV de Málaga e indicando que estaban haciendo consultas rutinarias sobre el sector logístico portuario en el marco de una investigación.
El tono era exactamente el de algo importante pero no urgente, lo suficiente para que Quiroga no pudiera negarse sin levantar sospechas pero tampoco pudiera prepararse para algo concreto.
Quiroga los recibió en el despacho de la calle Larios con la misma holgura con que, Elena estaba segura, habría recibido a cualquier obstáculo a lo largo de su carrera: sin prisa, con cortesía de calidad, en un ambiente diseñado para comunicar control.
El despacho era exactamente como Nadia lo había descrito en un detalle fundamental: en la pared detrás de la silla de Quiroga había un mapa náutico, grande, enmarcado, con las rutas del Atlántico y el Mediterráneo dibujadas en tinta azul.
Y sobre la estantería de su derecha, un modelo de barco en madera, finamente trabajado, de unos cuarenta centímetros de eslora.
Elena notó el mapa y el modelo sin dejar de mirarlo a él.
Esteban Quiroga Medina tenía cincuenta y cuatro años bien llevados.
Era alto, de pelo gris cuidado, con la cara de alguien que ha pasado tiempo al sol mediterráneo sin excederse.
Vestía con la informalidad elegante de quien no necesita demostrarlo con la ropa porque ya lo ha demostrado con todo lo demás.
Sus ojos eran oscuros e inteligentes y te miraban con la atención de quien ha aprendido que la información más valiosa de una persona nueva es la que da en los primeros diez segundos.
—Inspector Salinas. —Le tendió la mano primero a él, como protocolo. Luego se giró hacia Elena. —¿Y usted?
—Inspectora Vargas. UDEV Madrid.
Una fracción de pausa. Elena era suficientemente experta para saber si era significativa. Era significativa.
—Madrid. —Sonrió. —¿Tan importantes son nuestros puertos del sur?
—Los puertos del sur siempre son importantes —dijo Elena.
Se sentaron. Quiroga ofreció café. Elena aceptó.
Era una oportunidad de observarlo mientras gestionaba el proceso de servir el café: hizo una llamada interna breve, eficiente, y en dos minutos una asistente apareció con una cafetera pequeña y tres tazas.
Proceso completamente normal. También perfectamente choreografiado.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó Quiroga, con esa expresión de cooperación abierta que Elena ya conocía.
—Estamos recabando información sobre el sector de logística portuaria en Málaga. Concretamente sobre movimientos de carga en el dique norte. —Salinas llevaba el discurso. —¿Tiene usted operaciones en el muelle siete?
—A través de una empresa participada, sí. Es un muelle de uso comercial ordinario. ¿Hay algún problema?
—Ayer hicimos un registro de un barco atracado en ese muelle. El 'Mar Azul'. —Salinas no cambió el tono. —Encontramos personas en condiciones de tráfico ilegal de seres humanos.
La primera grieta visible fue mínima: los dedos de Quiroga, que estaban sobre la taza, se tensaron durante un segundo antes de volver a la posición relajada.
—Eso es terrible —dijo. —Espero que estén bien.
—Lo están, gracias. —Salinas. —¿Tiene usted relación con ese barco?
—¿El 'Mar Azul'? No directamente. Quienes gestionan el muelle siete atienden a distintos armadores. No conozco personalmente a todos los que usan ese espacio.
Elena intervino por primera vez:
—¿Conoce al señor Adrián Seoane, de A Coruña?
La segunda grieta. También mínima. Pero estaba ahí.
—El nombre me suena. Del sector. No tengo relación directa con él.
—¿Y el alias 'el Armador'?
Quiroga la miró fijamente. Era la primera vez desde que empezó la reunión que algo en su mirada no era completamente calculado.
—No sé a qué se refiere —dijo.
Pero esta vez la pausa era diferente. Esta vez era la pausa de alguien que sabe exactamente a qué te refieres.
—Claro —dijo Elena. —Gracias por su tiempo.
Se levantaron. Al llegar a la puerta, Elena se giró como si acabara de recordar algo:
—Una última cosa. ¿Ha estado usted en A Coruña recientemente?
Quiroga sonrió con una ecuanimidad que era admirable en su contexto.
—No en los últimos años.
Elena asintió y salió.
En el ascensor, Salinas la miró.
—¿Le ha creído?
—No una sola palabra —dijo Elena. —Pero lo que me interesaba no era creerle. Era verle cuando mencioné los nombres.