Capítulo 40
El testimonio de Nadia
Nadia Moldovan había llegado a España por primera vez hacía dos años y medio, con un visado de turista que caducó a los tres meses.
Lo que vino después fue la historia clásica de la trampa: la oferta de trabajo que parecía legítima, el contrato que nunca llegó a existir en papel, la deuda inventada, la deuda que se iba haciendo más grande con cada paso que daban por ella.
Habló durante dos horas con Elena, con el intérprete presente aunque su español era suficiente para la mayoría de lo que quería decir.
Era una mujer con una inteligencia práctica y una memoria precisa que se habían desarrollado, sin duda, como herramientas de supervivencia en los dieciocho meses que llevaba en el sistema.
Lo más valioso de su testimonio no eran los detalles personales, aunque esos también importaban. Lo más valioso era la visión estructural que había adquirido de la organización que la tenía.
—Hay niveles —dijo. —Los que recogen, los que mueven y los que reciben. Los que recogen no saben quiénes son los que reciben. Los que mueven tampoco. Solo los que organizan lo saben todo.
—¿Y tú has visto a alguien de los que organizan?
—Una vez. En Málaga. Hace seis meses. —Nadia se miró las manos. —Me llevaron a un edificio en el centro. No sé exactamente dónde, iba en la parte de atrás de un coche con las ventanas oscurecidas. Pero era un edificio grande, de oficinas. Me llevaron a un despacho. Había un hombre.
—¿Puedes describirlo?
—Mayor. Cincuenta o más años. Pelo gris, bien vestido. Tenía... —Buscó la palabra. —Autoridad. La manera en que hablaba, en que miraba. Acostumbrado a que le hagan caso.
—¿Qué pasó en ese despacho?
—Me miró. Me habló. Me dijo que si cooperaba, las cosas serían más fáciles. Si no, serían difíciles. —Lo dijo sin emoción visible, como quien describe el tiempo que hizo el miércoles. —Luego me llevaron de vuelta.
—¿Escuchaste algún nombre? ¿Cómo lo llamaban?
Nadia pensó durante un momento.
—Los hombres que me llevaron lo llamaron 'el señor Quiroga' cuando hablaban entre ellos. Solo una vez. Creo que no debían decirlo.
Elena sintió el efecto de esa confirmación de la manera más silenciosa posible.
—¿Reconocerías ese edificio si te lo mostrara en una foto?
—Quizás. Si es un edificio que tiene algo especial por fuera.
Elena sacó el teléfono y buscó una foto del edificio de la calle Larios donde estaba el despacho de Quiroga. Se lo mostró a Nadia.
La mujer lo miró durante un largo momento.
—El portal es diferente —dijo finalmente. —El que recuerdo tenía las puertas de cristal oscuro. Este las tiene transparentes. Pero el edificio podría ser de ese estilo. No estoy segura.
No era una identificación. Era una compatibilidad.
—¿Hay algo más que recuerdes de ese día? Cualquier detalle.
Nadia pensó.
—Había un cuadro en el despacho. Un mapa. Un mapa náutico, de esos con rutas y corrientes dibujadas. —Hizo una pausa. —Y en la mesa, un modelo de barco. De madera. Pequeño.
Un mapa náutico y un modelo de barco en madera.
Elena pensó en el despacho de Adrián Seoane en A Coruña. También tenía un mapa náutico.
El gusto de los hombres que mandan sobre el mar.
—Gracias, Nadia. —Elena cerró el cuaderno. —Vas a necesitar un abogado que gestione tu situación legal. Voy a asegurarme de que tienes acceso a uno. Y tu declaración va a ser importante para el proceso.
Nadia la miró.
—¿Van a encontrar a la chica que buscan?
Elena se quedó quieta un segundo.
—¿Cómo sabes que busco a alguien?
—Preguntas por un nombre. Lucía. La forma en que lo preguntas.
Elena la miró.
—Voy a intentarlo —dijo.
Era todo lo que podía decir honestamente.