Mareas de Sangre Capítulo 39
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Capítulo 39

Cinco nombres

Las cinco mujeres del 'Mar Azul' tenían nombres. No todos quisieron darlos de inmediato, lo cual era comprensible y esperado. El proceso de establecer confianza con víctimas de trata que acaban de ser rescatadas por agentes uniformados requería tiempo, paciencia y, sobre todo, intérpretes.

La jefatura de Málaga tenía en su lista de contactos a tres intérpretes de guardia: uno de árabe, uno de inglés y uno de varios idiomas subsaharianos. Los tres llegaron al hospital Clínico donde las mujeres habían sido trasladadas antes de las once de la mañana.

El proceso de identificación inicial tomó toda la mañana. Elena fue de habitación en habitación con Salinas, acompañados de los intérpretes y de una trabajadora social del equipo de apoyo a víctimas de trata de la Delegación del Gobierno.

Los cinco nombres:

Aïsha, de veintitrés años, originaria de Guinea Conakri. Llevaba en el sistema, según ella misma relató con la ayuda del intérprete de idiomas subsaharianos, casi un año. Había entrado por las costas de Ceuta pensando que iba a trabajar en servicio doméstico en España.

Fatima, de diecinueve años, marroquí. Entrada por la misma ruta que Aïsha. No habló mucho en el primer contacto.

Lorena, de veintisiete años, venezolana. Había llegado a España de manera legal hacía dos años. Había empezado a trabajar para una empresa de limpieza cuyo encargado, según contó, había empezado a amenazarla con denunciarla a Extranjería si no cooperaba con ciertos trabajos extra.

Nadia, de veinticinco años, rumana. La única que habló con fluidez desde el principio. Su español era bueno y su relato fue el más articulado: había pasado por cuatro países en los últimos dieciocho meses. Sabía muy bien lo que había estado haciendo y dónde. Y quería hablar.

Y finalmente el joven, que resultó ser una chica de dieciséis años que había dicho que era un chico por instinto de protección.

Se llamaba Sadia, era de Somalia, y cuando la trabajadora social le explicó en inglés que estaba a salvo, se quedó mirando la pared durante un tiempo muy largo antes de empezar a hablar.

El chico de la bodega, que había sido separado de las mujeres por precaución, resultó ser el hermano de Fatima. Tenía diecisiete años. Lo habían metido con ellas en la bodega porque en el último momento, cuando el barco ya estaba a punto de zarpar, se había negado a separarse de su hermana.

Elena escuchó los cinco relatos con la atención completa que cada uno de ellos merecía y que muy pocas veces habían recibido.

Los anotó en el cuaderno. Los grabó con los medios autorizados.

Los trató como lo que eran: testimonios de cinco personas que habían pasado por algo que no debería poder existir.

Cuando terminó con las cinco y con el hermano de Fatima, salió al pasillo del hospital y se apoyó en la pared. Era la una y cuarenta de la tarde.

Salinas se le acercó.

—¿Cómo estás?

—Bien —dijo Elena. —¿Nadia está dispuesta a ampliar declaración?

—Dice que sí. Quiere hacerlo hoy mismo.

—Bien. Dame veinte minutos y vuelvo.

Fue a la cafetería del hospital y se tomó un café y dos galletas. No era hambre. Era el reconocimiento de que el cuerpo necesitaba combustible para seguir funcionando aunque la mente no quisiera parar.

Mientras bebía el café, le llegó un mensaje de Soto desde Madrid: había encontrado más conexiones entre las empresas de Quiroga y el sistema portuario de Málaga. Había también una sociedad en Gibraltar con los mismos titulares finales.

Gibraltar. El puerto de Gibraltar. La conexión con el norte de África a noventa kilómetros de donde estaba.

Todo se hacía más grande con cada hora que pasaba.

Volvió a la planta de Nadia y se sentó frente a ella con el cuaderno abierto.

—Cuéntame todo lo que sepas —dijo.