Mareas de Sangre Capítulo 38
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Capítulo 38

El Mar Azul

El 'Mar Azul' entró al puerto de Málaga a las seis y catorce de la mañana, exactamente ocho minutos después de la hora prevista.

Era un carguero de mediano tonelaje, pintado de azul oscuro que el amanecer mediterráneo hacía brillar de una manera que tenía algo de engañoso.

Elena lo observó desde el punto de observación que Herrera había establecido la noche anterior: un almacén desocupado con una ventana que daba al dique norte y desde la que se veía el muelle siete con claridad.

Llevaban en ese punto desde las cuatro de la mañana.

Salinas había coordinado un equipo de ocho agentes distribuidos en puntos estratégicos alrededor del muelle.

La Guardia Civil del Mar tenía dos patrulleras discretas en posición de intercepción por si el barco intentaba salir de manera inesperada.

La diferencia con el 'Estrella del Sur' era que esta vez no tenían autorización para abordar inmediatamente. El auto que la jueza tenía sobre su mesa pendiente de firma se esperaba para las nueve de la mañana, cuando el juzgado abriera. Hasta entonces: observar.

El barco maniobró hasta el muelle siete con la precisión de quien conoce el acceso. Las maniobras de atraque duraron treinta minutos. Luego hubo un período de quietud: nada de actividad visible en cubierta, nada saliendo o entrando al barco.

Herrera, con los prismáticos:

—Hay movimiento en la bodega de popa. Una escotilla que se ha abierto desde dentro.

Elena cogió los prismáticos. La escotilla de popa del 'Mar Azul' estaba parcialmente abierta. Desde el interior subía algo que en la luz del amanecer costaba definir: ¿humo? No. Vapor. El tipo de vapor que sale de un espacio cerrado cuando hay calor humano.

—Hay personas en ese barco —dijo Elena.

—¿Llamamos a la jueza? —preguntó Salinas.

Elena miró el reloj. Las seis cuarenta y dos. Más de dos horas hasta que el juzgado abriera.

Y en el barco, personas.

—Llama a la jueza ahora. A su teléfono personal. Tenemos su número para urgencias.

Salinas llamó. La jueza de guardia del Juzgado Central de Instrucción número cuatro de Málaga contestó al tercer tono. Elena escuchó a Salinas explicar la situación con claridad y precisión: barco sospechoso, evidencia visual de presencia de personas, riesgo de traslado inmediato.

La jueza firmó la autorización verbal con efecto inmediato, condicionada a que el auto escrito se formalizara en las próximas horas.

Era suficiente.

—Mover el equipo —dijo Elena.

La operación fue limpia y rápida. Ocho agentes bloqueando los accesos al muelle. Dos de la Guardia Civil del Mar abordando por el costado de babor. Elena y Herrera entrando por la pasarela de proa con otros tres agentes.

El capitán del 'Mar Azul', un hombre de origen marroquí llamado Hassan Belaid, protestó en árabe y luego en francés y luego en un español fragmentado. Los agentes lo separaron de la tripulación con eficiencia.

La bodega de popa estaba cerrada con llave desde fuera. Cuando la abrieron, el interior estaba oscuro y caliente. Y había personas.

Cinco mujeres y un hombre. El hombre tenía quince o dieciséis años como mucho.

Las mujeres parecían de edades comprendidas entre los dieciocho y los treinta.

Todas en estados de evidente estrés físico: deshidratación, ropa inadecuada para las temperaturas nocturnas en el mar, signos de haber estado en esa bodega durante tiempo.

Elena entró con una linterna. Las mujeres retrocedieron hacia el fondo de la bodega. La primera reacción del miedo.

—Somos policía —dijo en español. Luego en inglés. —We're police. You're safe now.

Una de las mujeres, la más joven, comenzó a llorar. Las demás siguieron inmóviles, evaluando.

Elena se arrodilló para estar a su altura.

—¿Alguien se llama Lucía? —preguntó.

Silencio.

—¿Lucía Andrade?

Nadie respondió. Nadie que se llamara Lucía estaba en esa bodega.

Pero había seis personas que no deberían estar allí. Y eso era suficiente para ese momento.

—Asistencia médica, ahora —dijo Elena a Herrera. —Y que Salinas asegure el perímetro. Nadie sale del barco.