Mareas de Sangre Capítulo 34
35%

Capítulo 34

Quiroga

Esteban Quiroga Medina tenía su despacho principal en un edificio de oficinas en el centro de Málaga, en la calle Larios, que era básicamente el escaparate de la prosperidad malagueña: una avenida peatonal larga y elegante bordeada de palmeras y terrazas de café donde convivían las marcas internacionales con los negocios de toda la vida.

El despacho estaba en el cuarto piso de un edificio de principios del siglo XX restaurado con dinero y criterio, con vistas directas a la avenida y a los tejados de la ciudad antigua.

Elena no fue a ese despacho el primer día. Fue al polígono industrial Guadalhorce, donde estaba la sede operativa de Distribuciones Atlántico Sur S.A.

El polígono Guadalhorce era uno de los más grandes de la provincia: naves industriales de todos los tamaños, empresas de transporte, distribuidoras de alimentación, talleres mecánicos.

El tipo de lugar donde el trabajo real se hace de manera anónima y eficiente, lejos de los despachos con vistas a la calle Larios.

La nave de Distribuciones Atlántico Sur era una de las más grandes del polígono: cuatro mil metros cuadrados de planta, muelles de carga para cuatro camiones simultáneos, aparcamiento propio con siete furgonetas y tres camiones con el logo de la empresa en el lateral.

El logo era un ancla estilizada sobre un mapa que sugería el Atlántico. Discreto, profesional.

Elena y Herrera fueron a la nave sin avisar, con el pretexto de una 'inspección rutinaria de documentación de transporte' que era perfectamente legal y que le daba la excusa para estar allí y mirar sin necesitar una orden judicial.

El encargado de la nave, un hombre de unos cuarenta años llamado Pedro Saura, los recibió con la cooperación eficiente de quien sabe exactamente qué puede mostrar y qué puede no mostrar.

La nave estaba limpia, ordenada, en plena operación. Trabajaban allí unas veinte personas en el turno que Elena vio: conductores, operarios de almacén, administrativos. Todo tenía el aspecto de una empresa de logística completamente ordinaria.

Pero Elena llevaba doce años mirando cosas que tenían aspecto de ser una cosa y eran otra.

Lo que notó no era ningún detalle concreto sino la suma de varios: que el encargado Saura respondía las preguntas con demasiada fluidez, como alguien que ha ensayado, no alguien que simplemente sabe su trabajo.

Que había una zona en el fondo de la nave, detrás de una hilera de estanterías altas, a la que nadie se acercó durante los cuarenta minutos que estuvieron allí.

Que una de las furgonetas del aparcamiento tenía las ventanillas traseras cubiertas con plástico oscuro del tipo que se usa para proteger el interior de la luz, pero que también servía para otra cosa.

No era suficiente para nada. Solo era el tipo de información que va al cuaderno y que a veces, sumada a otra información, forma algo más.

Cuando salieron, Herrera caminó en silencio hasta el coche. Luego dijo:

—La furgoneta de las ventanas oscuras. La matrícula.

—La vi —dijo Elena.

—Es la misma furgoneta que aparece en dos de los informes de vigilancia que tenemos de los últimos seis meses. Relacionada con movimientos nocturnos en el puerto.

Elena se quedó mirando el acceso al polígono.

—Lourdes Cano —dijo. —Necesito que esta tarde revise los contratos de fletamento de Distribuciones Atlántico Sur con el puerto de Málaga en los últimos dieciocho meses. Quiero saber qué barcos usaban, cuándo y con qué carga declarada.

—¿Crees que el 'Estrella del Sur' pasó también por aquí?

—El 'Estrella del Sur' u otros con el mismo propósito.

Volvieron a la jefatura. En la sala de operaciones, Salinas había añadido nueva información al tablero: los tres expedientes de desaparición que había mencionado en el aeropuerto.

Tres fotos. Tres nombres. Tres historias que Elena leyó de pie, de pie porque en esos momentos sentarse le parecía un lujo que no tenía.

Una chica de Nigeria, veintiún años, estudiante de posgrado en la Universidad de Málaga.

Una chica de Ucrania, diecinueve años, au pair en una familia de Marbella.

Una chica de Sevilla, veintitrés años, enfermera recién graduada haciendo prácticas en el Hospital Regional de Málaga.

Tres perfiles que encajaban con el patrón. Tres expedientes sin resolver. Tres familias que todavía esperaban.

Elena añadió las tres fotos al tablero. Las miró junto con las fotos que había traído de A Coruña.

Seis mujeres desaparecidas que podían estar conectadas. Tres de las cuales ya tenían un destino confirmado que nadie querría confirmar.

—Empecemos —dijo.

Y el equipo de Málaga empezó.