Capítulo 33
Málaga
El aeropuerto de Málaga-Costa del Sol tenía esa luminosidad particular del sur de España que en noviembre seguía siendo generosa: una luz dorada y amplia que hacía que todo pareciera más fácil de lo que era.
Elena recogió su maleta en la cinta transportadora y salió a la terminal de llegadas, donde el inspector Omar Salinas la esperaba con una placa en la mano que no necesitaba porque Elena lo habría reconocido de todos modos: había algo en la postura de ciertos policías, en la manera en que ocupan el espacio de una sala pública, que los distingue con más claridad que cualquier credencial.
Salinas era de tez morena, pelo muy oscuro con alguna cana en las sienes y ojos marrones claros que contrastaban con el resto.
Tenía la complexión de quien hace deporte con regularidad no por vanidad sino por necesidad práctica, y vestía con la informalidad calculada de los policías de campo que no quieren llamar la atención. Le tendió la mano a Elena con firmeza.
—Bienvenida al sur, inspectora.
—Gracias. —Elena le estrechó la mano. —¿Cómo está el equipo?
—Listo. He preparado una sala de operaciones en la jefatura de la calle Mauricio Moro. Tenemos acceso a los registros portuarios de los últimos dos años y he pedido a la unidad de análisis financiero que empiece a revisar las empresas de Quiroga desde esta mañana.
Fueron al coche. Salinas conducía con la velocidad tranquila de quien conoce la ciudad de memoria. Málaga se desplegaba a su alrededor con esa generosidad mediterránea: anchas avenidas, naranjos en las aceras, el perfil irregular de la sierra al fondo y el brillo del puerto en la distancia.
—Ferreiro me ha enviado un resumen del trabajo en A Coruña —dijo Salinas mientras conducía. —Es impresionante lo que han construido en dieciséis días.
—Era un equipo bueno. —Elena miraba por la ventanilla. —¿Tienes algo sobre Quiroga que no esté en las bases de datos?
—Sí. Aquí la gente lo conoce. Tiene presencia social.
Va a eventos de la Cámara de Comercio, es mecenas de un festival de música en verano, tiene buenas relaciones con el Ayuntamiento.
—Salinas hizo una pausa calculada. —Y hay al menos dos personas en mi entorno que cuando mencioné su nombre de manera casual tuvieron reacciones que no me gustaron.
—¿En tu entorno?
—No en el equipo directo. Pero sí en el contexto institucional más amplio. Málaga no es tan diferente de A Coruña en ese sentido.
Elena asintió. El mismo patrón. Las mismas protecciones. Solo que más al sur.
—¿Hay alguna víctima aquí que podamos conectar con el corredor?
—Eso es lo que más me ha interesado de tu llegada.
—Salinas giró por la avenida de Andalucía.
—Tenemos tres expedientes de desapariciones de mujeres jóvenes en los últimos dos años que nunca se cerraron satisfactoriamente.
Dos extranjeras y una española de Sevilla.
El perfil encaja con el que describes desde el norte.
—Los quiero todos.
—Los tendrás en la mesa en una hora.
Llegaron a la jefatura. El edificio era moderno, de los años noventa, en una zona del centro que había sido remodelada y que tenía ese aspecto provisional de los espacios que fueron un día algo y todavía no saben bien qué son ahora.
La sala de operaciones que Salinas había preparado era amplia y bien iluminada, con tres mesas de trabajo, pantallas en las paredes y el mapa de la provincia de Málaga desplegado sobre una de las superficies.
Había dos agentes esperando: Lourdes Cano, treinta y tres años, especialista en análisis financiero, con el aspecto de quien ha pasado los últimos años mirando hojas de cálculo y ha encontrado en eso algo que a otros les cuesta ver; y Ramón Herrera, cuarenta y un años, ex-Guardia Civil reconvertido a la UDEV, con las cicatrices de alguien que ha estado en el campo muchas veces.
Elena los saludó a los dos y se situó frente al mapa.
—Bien —dijo. —Empecemos desde el principio.
Tenemos un corredor de trata que llega hasta aquí.
Tenemos un nombre: Esteban Quiroga Medina.
Y tenemos una chica de veintiún años que lleva dieciséis días desaparecida y que puede estar en este corredor.
Por ese orden vamos a trabajar, pero los tres objetivos son igual de urgentes.