Capítulo 32
En el aire
El vuelo de A Coruña a Málaga duraba dos horas y veinte minutos. Elena los aprovechó para hacer lo que rara vez podía hacer en tierra: pensar sin interrupciones.
Sacó el cuaderno y empezó a escribir, no notas del caso sino algo más parecido a un inventario mental: todo lo que sabía, todo lo que creía, todo lo que todavía ignoraba.
Era un ejercicio que hacía desde los primeros años en la UDEV, cuando un supervisor veterano le enseñó que en los casos complejos, escribirlo todo de manera lineal era la única forma de ver los huecos que la urgencia del día a día ocultaba.
Lo que sabía:
Una red de trata de personas operaba desde el puerto de A Coruña con víctimas de origen diverso.
El corredor conectaba el norte de África con el norte de Europa, pasando por puertos del Mediterráneo y del Atlántico norte.
Los barcos de la red usaban rutas legales camuflando el tráfico de personas entre mercancías declaradas.
Había un nivel de corrupción institucional que incluía al menos al agente Seijo en la jefatura local y posiblemente al concejal Pampín a través de su hermano.
La organización estaba dirigida por una figura conocida como el Armador, identificado preliminarmente como Esteban Quiroga Medina, con base en Málaga.
Lo que creía:
Lucía Andrade seguía viva en algún punto del corredor.
El nivel de presión que la organización había ejercido sobre la investigación sugería que Quiroga sabía que Elena se acercaba.
Había una conexión entre Málaga y las estructuras políticas locales que todavía no estaba documentada.
La empresa Conexión Sur que había organizado el viaje del concejal Pampín a Málaga era un nodo importante.
Lo que ignoraba:
La identidad concreta de la cuarta mujer de Barrañán, más allá de los análisis de ADN que seguían en proceso.
La estructura completa de la organización en el sur.
El número real de víctimas. El destino final de las mujeres que pasaban por el corredor.
Y la pregunta que persistía por encima de todas las demás: dónde estaba Lucía Andrade ahora mismo.
Cerró el cuaderno y miró por la ventanilla del avión.
La costa española pasaba debajo, primero la cornisa cantábrica y luego la Meseta y luego, cuando llevaban más de una hora de vuelo, los primeros indicios del paisaje mediterráneo: la tierra más seca, los colores más cálidos, las carreteras que bajaban hacia el mar desde las sierras.
Pensó en Ferreiro, que en ese momento probablemente estaba en la jefatura de A Coruña coordinando los pasos siguientes.
Pensó en Cuevas y en Soto. En Benigno Losada en Carballo, esperando a que pasara el peligro.
En Rosa Vázquez y en Sonia Martínez, que a su manera habían arriesgado algo por contarle lo que sabían.
Pensó en Irina Kovacs, que había declarado durante cuarenta minutos en un idioma que no era el suyo y que al final había preguntado si iban a encontrar a las que todavía faltaban.
Elena le había dicho que sí.
No era una promesa que pudiera garantizar. Pero era la única respuesta que tenía.
El avión empezó a descender. Por la ventanilla apareció el mar Mediterráneo: más azul que el Atlántico, más tranquilo aparentemente, con esa claridad engañosa de las aguas que esconden tanto como las otras aunque de manera diferente.
Y luego Málaga. La bahía, el puerto, la catedral incompleta con su única torre visible desde el aire, los blancos de la ciudad desplegados hacia el interior desde la costa.
Una ciudad diferente en todo, diferente del norte: en la luz, en el color, en la temperatura que incluso en noviembre tenía una tibieza que contrastaba con el frío atlántico.
Pero el mismo puerto.
Los mismos barcos.
El mismo corredor que llegaba hasta aquí con toda su historia y su horror.
Elena cerró los ojos mientras el avión aterrizaba.
Una nueva parte empezaba. Tenía que encontrar a Lucía Andrade. Y tenía que llegar hasta el Armador.
El tren de aterrizaje tocó la pista.
Málaga.