Capítulo 31
Adiós A Coruña
El último amanecer en A Coruña fue de esos que parecen una disculpa del cielo por todos los anteriores.
Después de dieciséis días de gris compacto y lluvia intermitente, el martes amaneció con una claridad azulada sobre el Atlántico que hacía que la ciudad pareciera recién estrenada.
Elena lo vio desde la ventana de la habitación del hotel mientras hacía la maleta por última vez.
Ferreiro la recogió a las cinco y cuarenta y cinco para ir al aeropuerto de Alvedro.
En el coche, durante los veinte minutos de trayecto, hablaron del caso con la economía de las personas que ya no necesitan explicarse mucho.
El estado de las ocho mujeres rescatadas, el proceso judicial de Seoane, la situación de Xavier Pedrosa con el fiscal.
—Cuevas lo tiene controlado —dijo Ferreiro.
—Lo sé. —Elena miraba por la ventanilla. Los eucaliptos de la carretera a Alvedro pasaban a su lado en el amanecer. —No me preocupa lo que queda aquí. Me preocupa lo que vamos a encontrar allí.
—¿Qué esperas encontrar?
—No lo sé todavía. Eso es lo que me preocupa.
Llegaron al aeropuerto con tiempo. Elena facturó la maleta y fue al control de seguridad. Antes de pasar, Ferreiro le tendió la mano.
—Aquí me encargo de todo —dijo.
—Lo sé. —Elena le estrechó la mano. Luego pensó algo y lo añadió: —Ferreiro. Lo del agente Seijo. El topo. Cuando esto termine, quiero que conste en el informe que fuiste tú quien identificó la filtración. No yo.
Ferreiro la miró.
—Fui yo quien diseñó el método —dijo Elena. —Pero haberlo sospechado y no haberlo dicho hasta que estabas segura es también parte del trabajo bien hecho.
—La información de Pampín también la encontré yo solo.
—Exactamente.
Ferreiro asintió despacio. No dijo gracias. Los dos sabían que en ese contexto no era necesario.
Elena pasó el control de seguridad y fue a la puerta de embarque.
Mientras esperaba, revisó los correos de Soto con los primeros datos sobre Esteban Quiroga Medina que habían llegado durante la noche.
Distribuciones Atlántico Sur S.A. Sede central en el polígono Guadalhorce de Málaga.
Cuatro delegaciones en otros puertos: Almería, Motril, Algeciras y Ceuta.
Facturación declarada en el último ejercicio: diecisiete millones de euros.
Diecisiete millones de euros en logística y distribución. Era un número grande. Un número que requería muchos contratos, muchos clientes, mucha infraestructura.
O una mezcla muy bien gestionada de lo legal y lo que no lo era.
Cuando el avión despegó sobre el Atlántico, Elena miró hacia abajo durante unos segundos.
La ciudad de cristal se veía entera desde el aire: la bahía, el paseo marítimo, el puerto con sus grúas y sus almacenes, la Torre de Hércules en el promontorio.
Todo pequeño y claro y extrañamente ordenado desde la altura.
En algún lugar de esa ciudad, los engranajes que habían estado girando en secreto durante años empezaban a trabarse. Seoane en la celda, Xavier Pedrosa negociando con el fiscal, el agente Seijo detenido, el almacén cuatro procesado por los forenses, el 'Estrella del Sur' bajo custodia judicial.
No era suficiente todavía. No hasta que Lucía Andrade apareciera.
Pero era más de lo que había antes de que sonara el teléfono a las dos y cuarenta de la madrugada, dieciséis días atrás, y Montoya dijera el nombre de una chica de Lugo que quería ser médico.
El avión giró hacia el sur y Elena cerró el cuaderno.
Un mensaje llegó al teléfono. Era de Mateo Iglesias. Solo decía: 'Buen viaje. Encuentra a Lucía.'
Lo leyó dos veces y lo guardó sin responder.
Había una parte del trabajo pendiente. Y esa parte estaba en el sur.