Mareas de Sangre Capítulo 30
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Capítulo 30

Preparativos

Los preparativos para el traslado a Málaga ocuparon dos días completos que Elena habría preferido no tener que dedicar a la burocracia pero que sabía que eran inevitables. Cada hora que pasaba era una hora menos para Lucía Andrade. Pero un movimiento mal preparado era peor que ningún movimiento.

Lo primero fue asegurarse de que lo que quedaba por hacer en A Coruña no quedara abandonado.

El caso seguía abierto en Galicia: la instrucción judicial, los arrestados, las ocho mujeres rescatadas cuya situación legal todavía no estaba resuelta.

Elena transfirió la coordinación operativa a Cuevas, que se quedaría en A Coruña con dos agentes de apoyo. Ferreiro iría con ella al sur.

Lo segundo fue la coordinación con la UDEV de Málaga.

El inspector que encabezaba la unidad allí se llamaba Omar Salinas.

Elena lo conocía de reputación: treinta y nueve años, doce en la UDEV, especializado en crimen organizado y tráfico de personas en el sur de España.

Le había llamado el domingo para explicarle los términos generales del caso.

—He oído hablar de este corredor —dijo Salinas en esa primera conversación. —Nunca hemos podido probarlo. Tenemos expedientes de desapariciones en la provincia que no hemos podido cerrar. Si tienes información sólida del norte, puede ser el complemento que nos faltaba.

—No tengo nada sólido todavía sobre el sur. Tengo el nombre de Esteban Quiroga Medina.

Una pausa.

—Quiroga —repitió Salinas. —Ese nombre lo he oído antes.

—¿Cómo?

—En conversaciones de contexto. En el sector empresarial de Málaga, Quiroga tiene presencia. Y hay personas que cuando menciono su nombre cambian de tema con una rapidez que no es casual.

—Bien. Cuando llegue, quiero sentarme contigo y con lo que tengas sobre él.

—Aquí te espero.

Lo tercero fue organizar el soporte de Soto, que continuaría el análisis de datos desde Madrid pero con acceso remoto a los sistemas de la unidad de Málaga.

Y lo cuarto, que Elena hizo sola y sin decírselo a nadie, fue llamar al doctor Iglesias.

No al número de la delegación forense. Al número personal que él le había dado cuando se despidieron en el hospital.

—¿Sigue bien Irina? —preguntó. Era la razón oficial de la llamada.

—Sí. Ha dado una declaración completa esta mañana. Va a ser una testigo muy valiosa.

—Bien. Gracias por el trabajo con ella.

—Gracias a ti por el caso. —Una pausa que tenía algo de deliberado. —¿Te vas al sur?

—Mañana.

—¿Cómo lo llevas?

Elena dudó. No era una pregunta que le hicieran mucho. Los colegas preguntaban por el estado del caso, no por el estado de quien lo llevaba.

—Lo llevo bien —dijo. Y luego, sin saber del todo por qué lo añadió: —Hace catorce días que Lucía Andrade desapareció.

—Lo sé. —La voz de Iglesias tenía algo que Elena reconoció como comprensión real, no la comprensión protocolaria de los compañeros de trabajo sino la de alguien que ha pasado suficiente tiempo cerca del dolor ajeno como para reconocer cuándo el peso se acumula. —¿Y tú?

—Yo estoy bien. —Una pausa. —Tengo que encontrarla, Mateo.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. Él no lo marcó con ningún comentario.

—La vas a encontrar —dijo simplemente.

Colgó y miró el techo de la habitación del nuevo hotel. Mañana cogería un vuelo a Málaga. Mañana empezaría otra parte de esto.

Pensó en todo lo que había aprendido en A Coruña en estos dieciséis días.

En el puerto, en el barrio de los pescadores, en Benigno y en Rosa y en Xavier Pedrosa con su herida de navaja.

En las ocho mujeres del 'Estrella del Sur'.

En el espacio oculto detrás de la estantería deslizante del almacén cuatro.

En Lucía Andrade, que en algún lugar seguía siendo una persona real que necesitaba que alguien llegara hasta ella.

Apagó la luz y cerró los ojos.

El vuelo salía a las siete de la mañana.