Capítulo 27
Adrián Seoane detenido
La detención de Adrián Seoane se produjo el sábado a las nueve de la mañana, en su domicilio particular en la urbanización de Perillo, en el municipio de Oleiros, a diez kilómetros de A Coruña.
Era una casa grande de piedra y cristal con jardín y garaje para tres coches, el tipo de vivienda que en el entorno gallego sirve de declaración de intenciones sobre quién ha llegado y desde dónde.
Elena no fue a la detención. La firmó, coordinó con el equipo, pero no fue.
Era una decisión deliberada: quería que Seoane llegara a comisaría sin haberla visto en ese momento de vulnerabilidad, sin tener el tiempo de calibrar exactamente qué sabía y qué no.
La primera vez que lo viera en comisaría quería que fuera directamente en la sala de interrogatorio.
El equipo que ejecutó la detención era de seis agentes, suficiente para que fuera eficiente sin ser excesivo.
Seoane fue encontrado en casa, en pijama, tomando café.
Según el informe del agente que dirigió la operación, preguntó si podía cambiarse de ropa antes de salir.
Le dijeron que sí. Tardó doce minutos. Era el tipo de hombre que incluso en el momento de su detención calibraba el tiempo que podía tomarse.
En esos doce minutos, según el seguimiento que el agente hizo de sus movimientos, Seoane mandó un mensaje de texto antes de que le retiraran el teléfono. El destinatario era un número que cuando Soto lo rastreó correspondía a un despacho de abogados de A Coruña especializado en defensa penal.
La declaración de Seoane ante Elena fue una obra maestra de la negación estratégica.
Llegó con su abogado, un hombre de unos cincuenta años con traje gris y la expresión de quien ha visto muchos interrogatorios desde ese lado de la mesa.
Se sentaron con la misma comodidad aparente con que se sentarían en una reunión de negocios.
—Mi cliente cooperará en todo lo que sea legalmente relevante —dijo el abogado al principio.
—Bien —dijo Elena. —Señor Seoane, ¿es usted el propietario real o beneficiario de la empresa Servicios Logísticos del Norte S.L., domiciliada en Vigo?
—Tengo una participación indirecta a través de una sociedad de inversión —respondió Seoane sin dudar. —Esa sociedad tiene participaciones en varias empresas del sector logístico. No gestiono ninguna de ellas directamente.
—¿Y la empresa Galicia Náutica S.L., cuyo administrador es Francisco Pampín?
—La conozco. Hemos tenido negocios comunes en alguna ocasión. No tengo participación en ella.
—¿Conoce el barco 'Estrella del Sur'?
—He oído el nombre. Es un carguero que opera en el Atlántico norte.
—¿Sabe que ese barco transportaba personas de manera ilegal?
—No tengo conocimiento de eso. —Pausa de un segundo. —Lo cual me parece absolutamente lamentable si es cierto.
Elena lo miró durante un momento. La negación era limpia, coordinada, preparada. Seoane sabía exactamente qué decir y qué no decir. Tenía un abogado que le había explicado los límites.
Pero los registros bancarios que Soto había estado construyendo durante días mostraban transferencias que conectaban sus empresas con las pantallas, aunque de manera indirecta. Eran capas de intermediarios, pero las capas tenían grietas.
—¿Conoce el almacén cuatro del muelle pesquero de A Coruña?
—Lo he visto desde fuera en alguna ocasión. Es de los Pedrosa.
—¿Ha estado dentro alguna vez?
—No que yo recuerde.
—¿Conoce el espacio oculto detrás de la estantería deslizante en ese almacén?
La primera grieta. Fue pequeña, milimétrica, pero Elena la vio: un movimiento en la mandíbula de Seoane, un ajuste apenas perceptible en la postura.
—No sé de qué me habla.
—¿Y las colchonetas, las botellas de agua y los restos de cadena que hemos encontrado en ese espacio?
El abogado intervino.
—Mi cliente no tiene información sobre el interior de instalaciones que no son de su propiedad.
Elena no apartó la vista de Seoane.
—Señor Seoane. Tenemos pruebas forenses en ese espacio que estamos procesando.
Tenemos documentación financiera que conecta sus empresas con las estructuras de la red que investigamos.
Tenemos los testimonios de ocho mujeres rescatadas de un barco conectado a sus redes.
—Hizo una pausa. —Y todavía falta encontrar a Lucía Andrade. Lleva trece días desaparecida.
Seoane la miró con esa serenidad que era el resultado de haber calculado exactamente qué se podía hacer con lo que ella tenía en ese momento.
—Estoy seguro de que aparecerá —dijo.
Era la respuesta de alguien que sabe cosas que no dice. Pero no era suficiente.
Seoane fue trasladado a una celda provisional. Su abogado presentó una solicitud de habeas corpus antes de que pasara una hora.
Elena salió de la sala de interrogatorio y encontró a Ferreiro en el pasillo con el teléfono en la mano.
—Xavier Pedrosa quiere hablar —dijo.
—¿Qué ha dicho?
—Ha dicho que quiere inmunidad o al menos acuerdo de protección antes de abrir la boca. Pero ha dicho una cosa más. Ha dicho: 'Pregúntenle a la inspectora si conoce el nombre El Armador.'