Mareas de Sangre Capítulo 26
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Capítulo 26

El almacén

El número había sido enviado por el agente Marcos Seijo, de treinta y un años, dos años en la jefatura de A Coruña, destinado en el área de coordinación operativa.

Era el hombre que gestionaba el acceso de los equipos a la sala de operaciones.

Era, por tanto, alguien con visibilidad sobre prácticamente todo lo que hacía el equipo de Elena.

Elena lo comunicó a Montoya antes de mover nada. Montoya lo comunicó al comisario de la jefatura de A Coruña de manera confidencial. El agente Seijo fue citado al despacho del comisario a las once de la mañana con el pretexto de una revisión rutinaria. No salió de ese despacho.

Con el topo identificado e inmovilizado, Elena autorizó la operación que llevaban cuatro días preparando: el registro del almacén cuatro.

La orden de registro firmada por la jueza fue ejecutada a las dos de la tarde del viernes, con un equipo compuesto por doce agentes de la UDEV, cuatro de la Guardia Civil y dos técnicos forenses. Ferreiro coordinaba sobre el terreno. Elena entró con el primer grupo.

El almacén cuatro de Pesqueros Pedrosa parecía, a primera vista, exactamente lo que pretendía ser: un almacén de material pesquero.

Redes enrolladas en bobinas, cajones de plástico apilados, herramientas de mástil y cubierta ordenadas en estanterías metálicas.

El olor era al que correspondía: pesca, aceite de motor, salitre.

Pero el almacén tenía cuatrocientos metros cuadrados según los planos de la licencia. Y cuando el equipo de técnicos midió el espacio interior, el resultado fue trescientos cuarenta metros cuadrados.

Sesenta metros sin contabilizar.

El agente Saavedra encontró la entrada veinte minutos después: detrás de una estantería metálica que podía deslizarse sobre raíles ocultos en el suelo. No era sofisticado. Era funcional.

El espacio oculto era un rectángulo de unos seis por diez metros.

Tenía el suelo de hormigón con manchas que el laboratorio forense confirmó horas después como de origen orgánico humano: fluidos corporales, principalmente.

Las paredes habían sido pintadas recientemente, del tipo de pintura de taller que cubre las superficies sin ser decorativa.

En el rincón del fondo había cuatro colchonetas enrolladas. Junto a ellas, dos botellas de agua vacías y lo que parecía ser parte de una cadena metálica anclada a la pared mediante un tornillo de expansión.

Elena se quedó de pie en el centro de ese espacio durante un momento. El silencio tenía una calidad particular, el silencio de los lugares donde han pasado cosas que no se olvidan.

—¿Cuánto tiempo hace que esto ha sido usado? —preguntó a la técnica forense.

—Por las muestras superficiales y el estado de las botellas, diría que la última utilización fue hace entre cuatro y ocho días.

La desaparición de Lucía Andrade había sido hacía doce días. La de Irina, ocho.

—Procesen todo —dijo Elena. —Cada centímetro. Y que el laboratorio priorice esto.

Salió del espacio oculto y fue a buscar a Ferreiro, que estaba coordinando el registro de la parte principal del almacén.

—¿Algo en la parte de fuera?

—Documentación falsa en los cajones de la oficina. Y un teléfono antiguo escondido debajo de una tabla del suelo. Soto se lo llevó.

—¿Dónde está Javier Pedrosa?

—No ha aparecido en todo el día. Hemos puesto alerta en aeropuertos, estaciones y fronteras.

—¿Y Xavier?

—Xavier Pedrosa fue localizado esta mañana en una clínica veterinaria de las afueras de A Coruña. —Ferreiro hizo una pausa. —Estaba herido. Un corte en el abdomen. Dijo que se lo había hecho con una herramienta de trabajo. El médico que lo atendió dijo que era una herida de arma blanca.

—¿Está en condiciones de hablar?

—Le han dado tres puntos. Está en la sala de espera de la clínica esperando que lo autoricen a irse.

Elena sacó las llaves del coche.

—Pues que espere un poco más.