Mareas de Sangre Capítulo 25
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Capítulo 25

La confidente

El barrio de los Pescadores de A Coruña tenía en invierno una luz diferente a la del verano: más densa, más recogida, con esa calidad de los lugares que se repliegan sobre sí mismos cuando el turismo se va y dejan ver lo que son de verdad.

Las casas bajas de piedra con las fachadas pintadas de colores que el tiempo había matizado, los tendederos con ropa de trabajo, los gatos que se movían entre las macetas de los alféizares.

La mujer que había pedido hablar con Elena a través de Benigno Losada se llamaba Rosa Vázquez.

Tenía cincuenta y dos años, llevaba treinta en el barrio y era la esposa de un patrón de pesca que había muerto hacía ocho años de un infarto en alta mar.

Desde entonces llevaba el negocio de su marido con una competencia que le había ganado el respeto del barrio pero también la hostilidad de algunos armadores que no les gustaba que una mujer supiera más de contratos y mareas que ellos.

Rosa los recibió en su casa, en la cocina que olía a guiso y café. Tenía el pelo blanco recogido en una trenza y las manos que solo tiene la gente que trabaja con ellas: fuertes, ásperas, precisas.

—Benigno me dijo que usted era de confianza —dijo, sentándose frente a Elena. Ferreiro se había quedado en la sala de estar, como habían acordado. Rosa había especificado que prefería hablar con una mujer. —Que no es de las que filtran las cosas al periódico.

—No lo soy.

Rosa asintió.

—Entonces voy a contarle algo que sé desde hace tiempo y que no he podido contar a nadie sin que me complicara la vida.

—Hizo una pausa. —Mi marido, antes de morir, empezó a notar cosas en el puerto que no le gustaban.

Movimientos raros de noche, barcos que no eran de pesca pero usaban los amarres de pesca.

Personas que bajaban de esos barcos y subían a coches que esperaban sin luces.

—¿Lo reportó?

Rosa hizo un gesto con la mano que significaba 'ya me entiendes'.

—Lo mencionó a alguien de la jefatura del puerto. Alguien que conocía de toda la vida. Le dijeron que no se preocupara, que eran temas de la Capitanía. Que todo estaba en orden.

—¿Y siguió notando cosas?

—Hasta que murió, sí. Y yo después de él.

—¿Usted ha visto cosas?

Rosa bebió un sorbo de café.

—El año pasado, en octubre, una noche que no podía dormir, salí a la escalera de casa a tomar el aire.

Desde la escalera se ve un tramo del muelle.

Vi bajar de una lancha motora a cuatro personas.

Dos hombres y dos mujeres. Las mujeres no parecían ir por su voluntad.

Iban muy juntas, muy quietas. Las metieron en una furgoneta.

—¿Reconoció a alguien?

—A uno de los hombres. Lo conocía de vista, del puerto. Se llama Casal. Benito Casal. Es estibador.

Benito Casal. El mismo nombre que había aparecido en la lista de intervenciones telefónicas. El teléfono de Casal llevaba una semana siendo monitoreado, con resultados escasos hasta ese momento: hablaba poco y con mucho cuidado.

—¿Hay algo más que haya visto o escuchado?

Rosa dudó de la manera en que dudan las personas que están calibrando cuánto pueden decir.

—Hay una chica que trabaja de camarera en el bar Los Anclas, en el muelle.

Se llama Sonia. Es de aquí, lleva años en el barrio.

Y me ha dicho que a veces, cuando cierra tarde, ve cosas en los almacenes de la zona sur del muelle que no se corresponden con lo que debería haber a esa hora.

Gente que no trabaja allí. Luces que se encienden y se apagan.

—¿Sonia ha hablado con alguien más de esto?

—Le dije que no lo hiciera. Que esperara. —Rosa la miró directamente. —Porque en este barrio, la gente que habla de ciertas cosas a veces deja de hablar.

Elena asintió. Entendía la precisión de esa frase.

—¿Me deja el nombre completo de Sonia?

—Sonia Martínez. Trabaja en Los Anclas los martes, jueves y viernes. Los otros días tiene otro trabajo de limpieza.

Elena anotó. Luego hizo la pregunta que llevaba guardando desde el principio de la conversación:

—Rosa. ¿Ha oído hablar de 'el Armador'?

La mujer no parpadeó. Eso, en alguien que llevaba rato mostrando reacciones muy controladas, era en sí mismo una respuesta.

—En el barrio ese nombre se dice en voz baja y nunca más de una vez —dijo finalmente.

—¿Sabe quién es?

—Tengo una opinión. —Rosa puso las manos sobre la mesa. —Pero las opiniones no son pruebas, y si le doy un nombre equivocado puedo hacerle daño a alguien que no lo merece.

—¿Y si fuera el nombre correcto?

Rosa se quedó callada durante un largo momento. Luego dijo, en voz muy baja:

—Si fuera el nombre correcto, ese hombre tiene protección en sitios que a mí me dan miedo.

—¿En el Ayuntamiento?

Rosa no respondió. Pero en su silencio, Elena leyó lo que necesitaba.