Mareas de Sangre Capítulo 23
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Capítulo 23

El médico forense

El doctor Mateo Iglesias llegó a A Coruña el jueves a mediodía, esta vez con equipaje para quedarse varios días.

El caso había adquirido una dimensión que requería presencia continua del forense en lugar de las visitas puntuales anteriores.

Montoya había firmado la extensión del apoyo.

Iglesias aceptó sin quejas, con esa disposición práctica que Elena había empezado a reconocer como característica de él.

La revisión de las ocho mujeres rescatadas del 'Estrella del Sur' la había hecho el médico del hospital la noche anterior, pero Iglesias quería hacer su propia evaluación a efectos judiciales.

El hospital Juan Canalejo les había habilitado una sala de reuniones para que pudiera trabajar con las víctimas con la discreción necesaria.

Elena fue al hospital a las dos de la tarde, no tanto por necesidad procesal como porque quería hablar con las mujeres antes de que la burocracia levantara todas las barreras habituales: los abogados de oficio, los intérpretes oficiales, los protocolos de declaración.

A veces las primeras horas después del rescate eran las de mayor comunicación, cuando el alivio todavía era más fuerte que el miedo y antes de que alguien les aconsejara qué decir.

Encontró a Iglesias en el pasillo de la cuarta planta, revisando un portapapeles.

—¿Cómo están? —preguntó.

—Físicamente, en condiciones mejores de lo que cabría esperar.

El espacio donde estaban era pequeño y mal ventilado, pero no llevaban demasiado tiempo allí, calculo que entre doce y veinte horas.

Alimentación insuficiente, deshidratación moderada en la mayoría.

Una de ellas, la rumana, tiene marcas consistentes con ligaduras en muñecas y tobillos.

Otra, una chica de Nigeria, tiene hematomas en varias partes del cuerpo.

—¿Hematomas compatibles con agresión?

—Compatibles, sí. Aunque la defensa siempre argumentará que podrían haberse producido durante el transporte en el barco. —Iglesias la miró por encima de las gafas. —Lo cual es técnicamente posible pero estadísticamente improbable dado su distribución.

—¿Están en condiciones de hablar?

—Algunas sí. La rumana, Irina, ha pedido específicamente hablar con la policía. Quiere declarar.

Irina Kovacs estaba en una habitación individual, con el ventanal que daba al jardín interior del hospital. Cuando Elena entró, la chica se incorporó en la cama. Tenía los ojos oscuros y la mirada firme de alguien que ha decidido no dejarse llevar por lo que acaba de pasarle.

Declaró durante cuarenta minutos, en un español con acento pero perfectamente comprensible.

La habían abordado dos días antes de su desaparición: un hombre joven, en la biblioteca de la universidad, que había iniciado conversación con ella sobre ingeniería de telecomunicaciones.

Al día siguiente la había buscado en las redes sociales.

Le había propuesto encontrarse. La cita fue en un café del centro.

En el café, en algún momento, su bebida debió de ser alterada porque lo último que recordaba con claridad era estar sentada frente a aquel hombre y luego despertar en un espacio oscuro en movimiento.

La descripción del hombre que la había abordado coincidía parcialmente con la de Xavier Pedrosa.

Cuando salió de la habitación de Irina, Elena se encontró con Iglesias en el pasillo.

—¿Ha podido hablar con las demás? —preguntó.

—Con tres. El resto necesita más tiempo. Una de ellas no habla ni español ni inglés, solo wolof. Estamos esperando a un intérprete.

—¿Hay alguna que pueda aportar información sobre la organización? ¿Nombres, lugares?

—Una de ellas, una chica albanesa que dice llamarse Mira, parece haber estado en manos de esta gente durante más tiempo. No en este barco, en otros transportes. Ha viajado por varios países. Si está dispuesta a hablar con detalle, puede ser valiosa.

—¿Está dispuesta?

—Tiene miedo. Mucho miedo. Dice que 'ellos' tienen maneras de llegar a la gente incluso en los hospitales.

Elena asintió. Era el miedo clásico de alguien que ha vivido dentro de una red de trata: el miedo al alcance aparentemente infinito de la organización, cultivado deliberadamente para evitar que las víctimas hablen.

—¿Puede volver mañana a intentarlo con ella? —le preguntó a Iglesias.

—Puedo. Mañana y todos los días que sean necesarios.

Había algo en la manera en que lo dijo que era más que profesionalismo. Elena lo miró durante un segundo más de lo necesario.

—¿Lleva mucho tiempo en este tipo de casos? —preguntó.

—Siete años en el área de delitos sexuales y trata. Antes estaba en la forense general. —Hizo una pausa breve. —El trabajo con las víctimas en vida es diferente al trabajo con los difuntos. Más complicado en ciertos aspectos.

—¿Y lo prefiere?

Iglesias consideró la pregunta.

—Prefiero poder decirles que lo que les pasó puede llevar a alguien a la cárcel. —La miró directamente. —¿Y usted? ¿Cuánto tiempo lleva en esto?

—Doce años en la UDEV. Seis en trata y crimen organizado.

—¿Y lo prefiere a otra cosa?

Elena pensó en Lucía Andrade, en Raquel Sousa, en las ocho mujeres de esta planta, en Irina con sus ojos firmes declarando durante cuarenta minutos en un español impecable.

—Prefiero que alguien lo haga bien a que no lo haga nadie —dijo.

Iglesias asintió. Era una respuesta que le pareció suficiente.

Se despidieron en el pasillo. Cuando Elena llegó al ascensor, el médico seguía de pie donde lo había dejado, mirando su portapapeles. O quizás no el portapapeles.