Mareas de Sangre Capítulo 22
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Capítulo 22

Corriendo

La ciudad vieja de A Coruña tiene la geometría de los lugares que crecieron antes de que nadie pensara en la planificación urbana: calles que se estrechan sin aviso, escalones que aparecen en las esquinas, pasajes entre edificios que en algunos puntos tienen la anchura de un hombre con los brazos extendidos.

Es un laberinto amable, de piedra oscura húmeda y farolas cálidas, que en invierno y de noche adquiere una densidad de película en blanco y negro.

Elena lo cruzó corriendo a las tres de la mañana del jueves.

Había salido de la jefatura hacia las dos y media, después de archivar el parte del interrogatorio de Andreev y de organizar el equipo para la mañana siguiente.

El nuevo hotel estaba a quince minutos caminando, en la parte alta de la ciudad.

Había elegido ir a pie porque después de horas encerrada en salas de interrogatorio y centros de coordinación necesitaba el aire y el movimiento para resetear el cerebro.

El primer indicio de que no estaba sola en esa calle fue un sonido detrás de ella que no encajó: no era el sonido de alguien que camina por una calle oscura a las tres de la mañana de manera casual. Era el sonido de alguien que ajusta su ritmo al tuyo.

Elena no se giró. Siguió caminando, pero con la atención redistribuida hacia atrás, hacia los pasos que oía detrás de ella. Un par de zapatos, no botas. Peso medio, hombre probablemente. A unos diez metros.

Giró por la calle de la Franja hacia la plaza de las Bárbaras. Era una opción que añadía tiempo al camino al hotel pero que la llevaba hacia una zona con más iluminación. Si quien la seguía tenía malas intenciones, prefería que las tuviera a la luz.

Los pasos giraron con ella.

Aceleró ligeramente. Los pasos aceleraron también.

En la entrada de la plaza de las Bárbaras había dos personas hablando, un hombre y una mujer que claramente salían de algún local. Elena pasó junto a ellos con normalidad pero sacó el teléfono y marcó el número de Ferreiro mientras seguía caminando.

—Tengo a alguien siguiéndome. Ciudad vieja, calle de la Franja hacia las Bárbaras. —Habló en voz baja, con el teléfono pegado al oído como si fuera una conversación normal.

—Estoy en la jefatura todavía. Dame dos minutos.

—Puede que no tenga dos minutos.

Colgó y metió el teléfono. La calle detrás de la plaza se estrechaba. El seguidor estaba ahora a siete metros, había acortado distancia.

Elena paró en seco, se giró y dijo con voz firme:

—Policía. Para.

El hombre siguió acercándose. Cuando estaba a cinco metros, Elena vio que era joven, veintitantos, y que tenía algo en la mano derecha que podría ser un teléfono o podría ser otra cosa.

Echó a correr.

No huyendo de él sino hacia él, que era lo último que esperaba, y eso le dio dos segundos de ventaja.

Cuando el hombre reaccionó y intentó esquivarla, Elena ya estaba a su lado y lo empujó contra la pared con toda la fuerza de su peso y su impulso.

El objeto de su mano derecha cayó: era un teléfono, pero no estaba grabando.

Tenía abierta una imagen. Una foto de Elena.

Lo tenía inmovilizado contra la pared. El hombre jadeaba.

—¿Quién te mandó? —dijo Elena.

El hombre no respondió. Tenía el mentón contra la piedra de la pared.

—¿Quién. Te. Mandó.

—Nadie me mandó —dijo con la voz distorsionada por la posición. —Tengo derecho a caminar por donde quiero.

Elena agarró el teléfono del suelo. El hombre tenía una foto de ella como imagen abierta. La foto la mostraba saliendo del hotel anterior, el que había abandonado. Era una foto de vigilancia.

—Bien —dijo Elena. Le puso las manos a la espalda y le aplicó las esposas que siempre llevaba. —Caminar por donde quieres tienes razón. Seguirme a las tres de la mañana con mi foto en el teléfono ya te va a costar más de explicar.

Ferreiro llegó cuatro minutos después con un coche.

El hombre detenido se llamaba Pablo Souto, veintiséis años, sin antecedentes.

No llevaba armas. Según dijo en el primer interrogatorio, alguien le había pagado doscientos euros en efectivo para seguir a una mujer y fotografiar el hotel donde entraba.

No sabía quién le había contratado: el encargo había llegado a través de Telegram, con un usuario sin identificar.

—Lo de siempre —dijo Ferreiro, frustrado.

—Lo de siempre —coincidió Elena. —Pero ahora somos nosotros los que tenemos el teléfono con el usuario de Telegram. Que Soto lo revise esta noche.

Fue al hotel nuevo, al que nadie más que Montoya conocía. Subió a la habitación y se sentó en el borde de la cama. Eran las cuatro menos cuarto de la mañana.

La llevaban siguiendo con regularidad. Conocían sus movimientos. Tenían una foto suya del hotel anterior, lo que significaba que la habían identificado como objetivo antes de que cambiara de alojamiento.

Alguien la estaba vigilando desde dentro.

Sacó el cuaderno y escribió una sola línea: *Alguien en la jefatura. Seguro.*

Luego lo cerró y trató de dormir.