Mareas de Sangre Capítulo 19
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Capítulo 19

La tercera

Irina Kovacs tenía veinticuatro años, era de Bucarest, estudiaba un máster de Ingeniería de Telecomunicaciones en la Universidade da Coruña y llevaba viviendo en España dos años y medio.

Su compañera de piso la había visto el martes por la mañana antes de salir a clase.

El martes por la tarde no había vuelto. El miércoles por la mañana, cuando la compañera de piso llamó a la universidad y le dijeron que Irina no había asistido a sus clases, presentó la denuncia.

La denuncia llegó al escritorio de Ferreiro el miércoles a mediodía, mientras Soto procesaba los últimos datos de las intervenciones telefónicas y Cuevas estaba en el puerto con el agente Saavedra.

Ferreiro la leyó, miró el perfil de la chica y la comparó mentalmente con el patrón que habían establecido. Luego fue directamente a Elena.

Elena leyó la denuncia en treinta segundos.

—Mujer joven —dijo.

—Sí.

—Extranjera.

—Sí.

—Sola en la ciudad.

—Su familia está en Rumanía.

—¿Última vez que la vieron?

—El martes por la mañana. Hace treinta y seis horas.

Elena se levantó de la silla.

—Activa el protocolo completo. Fotos a todas las unidades, a los hospitales, a los albergues. Y que alguien vaya al piso de la compañera de piso ahora mismo.

—Ya envié a Saavedra.

—Bien. —Elena cogió el abrigo. —Voy yo también.

El piso de Irina Kovacs estaba en el barrio de Monte Alto, en un edificio de los años setenta con vistas al mar.

La habitación de Irina era pequeña, ordenada, con libros de ingeniería apilados meticulosamente en una estantería y un tablero de corcho sobre la mesa del escritorio lleno de apuntes y horarios.

En la pared, pegada con cinta adhesiva, una foto de su familia en Bucarest.

La compañera de piso, una chica española de Badajoz llamada Cristina, respondía a las preguntas de Saavedra cuando Elena llegó. Tenía esa expresión de quien ya empieza a temer lo peor pero todavía no se ha dado permiso para decirlo en voz alta.

—¿Irina había mencionado algún plan para el martes por la tarde? —preguntó Elena.

—Me dijo que tenía que hacer una consulta en la biblioteca y luego que quizás quedaba con alguien para tomar algo.

—¿Dijo quién?

Cristina frunció el ceño tratando de recordar.

—Creo que mencionó un nombre. Un chico. Creo que dijo Xabi o algo así.

Elena y Ferreiro se miraron.

—¿Xabi?

—Algo así. O Jabier. No sé, lo dijo de pasada, yo estaba haciendo otras cosas.

Xavier Pedrosa había sido puesto en libertad provisional tras el interrogatorio. Tenía la obligación de presentarse en comisaría semanalmente. Su teléfono seguía intervenido.

Elena llamó a Cuevas desde el piso de Irina.

—Necesito la localización del teléfono de Xavier Pedrosa ahora mismo. Y si está en casa, que alguien lo vigile sin que lo note.

—Cinco minutos.

Cuatro minutos después, Cuevas la llamó de vuelta.

—El teléfono de Xavier Pedrosa no emite señal. Está apagado.

Malas noticias.

—¿Cuándo fue la última vez que emitió?

—Ayer por la tarde, a las cuatro y cuarto. Desde las proximidades del Puerto Chico.

Elena bajó al piso de abajo del edificio de Irina y salió a la calle. Necesitaba aire para pensar. El barrio de Monte Alto tenía esa tranquilidad de los barrios altos de A Coruña, lejos del movimiento del centro, con sus casas mirando al Atlántico desde la colina.

Tres chicas. Tres mujeres jóvenes, extranjeras o sin familia local, desaparecidas en un período de once días. El patrón era tan claro que ya no era un patrón sino una certeza.

Y ahora Xavier Pedrosa con el teléfono apagado.

Dos opciones: o Pedrosa estaba cometiendo otro error, o alguien había decidido que Pedrosa se había convertido en un problema y lo había silenciado.

La segunda opción le revolvía el estómago.

Llamó a Ferreiro.

—Ferreiro. Irina Kovacs es la tercera. Misma red, mismo sistema. Y Xavier Pedrosa ha desaparecido del radar. Necesito que llames a la unidad de búsqueda y que se active protocolo de búsqueda también para él. Y que nadie diga en voz alta que son casos relacionados hasta que yo lo autorice.

—¿Por qué?

—Porque si hay alguien en la jefatura pasando información, cuanto menos sepa de lo que estamos haciendo, mejor.

Colgó. Desde la calle de Monte Alto se veía el faro de la Torre de Hércules en el promontorio. Lo miró durante un segundo.

Tres mujeres.

El tiempo se acababa.