Capítulo 18
Benigno habla
El lunes, Benigno Losada llamó al teléfono de Elena a las siete de la mañana. No al número que ella le había dejado en la tarjeta, sino al móvil personal que no había dado a nadie en A Coruña excepto a Ferreiro.
Elena miró el número desconocido y descolgó.
—¿Quién es?
—Losada. —La voz era más grave de lo habitual, como si hubiera pasado la noche sin dormir o fumando o las dos cosas. —Necesito verla. Esta mañana. Antes de que empiece el movimiento en el puerto.
—¿Cómo tiene este número?
—Un hombre que lleva cuarenta años en el mar aprende a encontrar los números que necesita. No pregunte más. ¿Puede venir?
—¿Dónde?
—La Torre de Hércules. En el aparcamiento. A las ocho.
La Torre de Hércules era el faro romano más antiguo del mundo en funcionamiento, situado en el extremo noroeste de la ciudad, sobre un promontorio que daba directamente al Atlántico. En días de invierno, antes de que llegaran los visitantes, era un lugar absolutamente solitario.
Elena fue. Cogió uno de los coches sin rotular de la jefatura y llegó diez minutos antes que Benigno, lo que le dio tiempo para evaluar el entorno.
No había nadie en el aparcamiento. No había nadie en el camino de acceso al faro.
Solo el mar y el viento y el cielo que empezaba a aclarar muy despacio hacia el este.
Benigno llegó en una furgoneta vieja que aparcó junto a ella. Bajó con el impermeable puesto y el pelo mojado, señal de que venía de fuera antes de venir a verla.
—He cometido un error —dijo, a modo de saludo.
—¿Qué tipo de error?
—Le hablé de este asunto a alguien que creía que era de confianza. Un amigo de muchos años, del puerto. Le conté que había hablado con la policía de Madrid.
—¿Cuándo?
—Anteayer. Por la noche, en el bar.
Elena cerró los ojos durante un segundo.
—¿Y?
—Y anoche me llegó un aviso. Informal, de otro amigo.
Me dijeron que tuviera cuidado. Que había gente preguntando por mí.
—Benigno la miró directamente, con sus ojos claros de marino.
—No me importa lo que me pase a mí. A mi edad, el miedo tiene una dimensión distinta.
Pero me importa lo que esto pueda interferir en su investigación.
—¿Por eso me llama?
—Por eso y por otra cosa. —Benigno metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó un sobre, más delgado que el que Elena había recibido en el hotel. —Esta mañana, antes de salir, encontré esto debajo de la puerta de mi casa.
Elena lo tomó con guante. Era un sobre sin remitente. Dentro, una sola hoja con una foto impresa: Benigno entrando al bar del Mero con Elena el jueves por la noche.
Alguien los había fotografiado. Desde dentro del bar o desde fuera, con buena calidad de imagen. Alguien que sabía dónde y cuándo iban a estar y que tenía equipamiento para documentarlo.
—¿Hay algo escrito? —preguntó Elena.
—En el reverso.
Elena dio la vuelta a la foto. En el reverso, escrito a mano con bolígrafo: 'La memoria de los viejos es frágil.'
Lo guardó todo.
—Bien —dijo. —Benigno, a partir de ahora va a necesitar protección. No quiero que vuelva a casa solo esta noche.
—No soy de los que necesitan protección.
—Esta vez sí. —No era una sugerencia. —¿Tiene familia aquí?
—Una hermana en Carballo.
—Váyase a Carballo esta noche. Y no le cuente el motivo a nadie más de los que ya saben.
El marinero la miró durante un largo momento. Luego asintió.
—Antes de irme, quiero contarle lo que vine a contarle. La razón real por la que le pedí que viniera.
—Dígame.
Benigno miró el faro a su espalda y luego el mar. El viento le agitaba el pelo mojado.
—El corredor que le describí. El que va del norte de África al norte de Europa pasando por aquí.
Tiene dos rutas. Una marítima, que es la que más o menos conocemos.
Y una terrestre, que va por la costa. Camiones, furgonetas, vehículos camuflados como transporte de mercancías.
—Hizo una pausa. —La ruta terrestre tiene un punto de conexión en el centro del país.
Un punto donde se redistribuye la carga.
Donde los que vienen del norte esperan a los que vienen del sur.
—¿Dónde?
—Un polígono industrial en las afueras de Salamanca. No tengo dirección exacta. Pero tengo el nombre de la empresa de fachada que gestiona el almacén.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque hace tres años, un hombre que trabajó conmigo en el mercado fue a trabajar allí. Luego desapareció. Y antes de desaparecer me mandó un mensaje con el nombre de la empresa.
—¿Qué decía el mensaje?
Benigno cerró los ojos un momento.
—Decía: 'Benigno. Si en dos días no tienes noticias mías, esto te ayudará a entender qué pasó.' Y el nombre de la empresa.
—¿Y en dos días?
—No tuve noticias suyas.
El faro seguía detrás de ellos, mudo e imponente. El mar seguía delante, infinito y sordo.
—El nombre de la empresa —dijo Elena.
—Transportes Meridional del Atlántico S.A.
Elena lo anotó en su cuaderno.
—Gracias, Benigno. Ahora váyase a Carballo.