Mareas de Sangre Capítulo 17
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Capítulo 17

Amenazas

El sobre llegó al hotel el domingo por la mañana.

Lo dejaron en la recepción con su nombre escrito a mano, sin remitente.

El recepcionista que lo recibió no recordaba quién lo había dejado porque había habido mucho movimiento a primera hora y no siempre prestaba atención.

Era un sobre blanco estándar, sin distintivo, del tipo que se vende en cualquier papelería por lotes de cien.

Elena lo recibió cuando bajó a desayunar. Lo sopesó en la mano antes de abrirlo. Llamó a Ferreiro.

—Tengo un sobre en el hotel. Lo abro aquí o lo llevo a la jefatura.

—¿Bulto?

—No. Plano. Papel dentro, probablemente.

—Ábrelo pero con guantes.

Subió a la habitación, sacó los guantes de látex del neceser, los que siempre llevaba, y abrió el sobre con cuidado. Dentro había una sola hoja de papel blanco con texto impreso, sin membrete, en cuerpo doce:

'Inspectora Vargas: A Coruña no es Madrid.

Las investigaciones que no están en su jurisdicción natural a veces encuentran más obstáculos de los esperados.

Hay familias que dependen de ciertas estructuras económicas para vivir.

Hay empleos que se mantienen gracias a negocios que usted no entiende desde su despacho.

Le recomendamos volver a Madrid antes de que su investigación cause daños que ninguno de los dos podrá reparar. Piénselo.'

Sin firma.

Elena leyó el texto dos veces. Lo dobló de nuevo, lo metió en el sobre y lo guardó en una bolsa de plástico con cierre hermético que cogió de la mini nevera del hotel.

Prueba para el laboratorio, aunque sabía que era improbable que encontraran huellas en un papel preparado por alguien que sabía lo que hacía.

Lo que más le interesó del texto no fue la amenaza velada.

Fue el tono. Era el tono de alguien con suficiente confianza en su posición como para amenazar a un inspector de la UDEV sin disimulo y sin aparente miedo a las consecuencias.

Eso requería poder. Y ese tipo de poder en el entorno de este caso señalaba en una dirección muy concreta.

Llamó a Ferreiro.

—Trámite forense urgente sobre el sobre. Y cuando llegues a la jefatura, necesito que revises si en las últimas cuarenta y ocho horas ha habido alguna comunicación interna o externa desde la jefatura sobre los detalles de mi alojamiento.

—¿Crees que hay alguien en la jefatura que...?

—No creo nada todavía. Verifico.

Bajó a desayunar. Pidió café con leche, tostadas y zumo de naranja.

Lo comió despacio, mirando por la ventana del comedor del hotel la calle Real que empezaba a despertar.

Era domingo y había menos gente que en días laborables: algún ciclista, una pareja con perro, el primer turista de la mañana con cámara al cuello.

Pensó en lo que el sobre decía entre líneas.

'A Coruña no es Madrid.' Era una territorialidad.

Alguien que sentía que este espacio le pertenecía y que la presencia de Elena lo violaba.

'Investigaciones que no están en su jurisdicción natural.

' Interesante elección de palabras: no decía que la investigación fuera ilegal, sino que no era su territorio.

Era la queja del poderoso local ante el control exterior.

Y luego: 'Hay familias que dependen de ciertas estructuras económicas para vivir.

' Eso era lo más revelador. Era la defensa del sistema: la economía local, los empleos, las estructuras.

Era el argumento que usaba siempre el crimen organizado cuando quería legitimizarse: que era parte del tejido económico, que sin él algo se rompería.

No era el lenguaje de un matón. Era el lenguaje de alguien con educación, con conciencia de clase, con hábito de justificar lo injustificable en términos razonables.

Alguien que estaba acostumbrado a que lo escucharan.

Cuando terminó el desayuno, llamó a Montoya.

—He recibido una amenaza.

—¿Directa?

—Indirecta, por escrito, sin firma. Pero sofisticada. No es un matón, Rodrigo. El que escribió esto entiende perfectamente lo que hace.

—¿Quieres que te mande apoyo?

—No. Apoyo visible ahora mismo alertaría a quien sea que está mirando. Lo que necesito es que des de baja mi alojamiento en el hotel actual y me pongas en otro sin pasar por los canales habituales de la jefatura de aquí.

—¿Crees que hay un filtrón en la jefatura?

—No lo sé. Pero alguien sabía dónde estaba alojada.

Pausa breve.

—De acuerdo. Esta tarde te mando la nueva dirección por el canal seguro.

Elena salió del hotel a las nueve y cuarto. Se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la jefatura por la ruta más transitada, sin prisas, mirando a su alrededor con esa naturalidad que era en realidad vigilancia constante.

El sobre le había dicho que alguien estaba nervioso.

Los nerviosos cometen errores.

Iba a esperar al primer error.