Capítulo 12
La red
La intervención de comunicaciones fue autorizada por la instructora del Juzgado número cuatro a las cuatro de la tarde, tras un auto que Elena había redactado con la ayuda de Cuevas durante la hora del almuerzo, un almuerzo que ninguno de los dos llegó a tomarse.
La jueza, una mujer de cincuenta y tantos años con el pelo gris recogido en un moño y la expresión de quien ha visto pasar por su juzgado suficientes horrores como para no necesitar que se los expliquen dos veces, firmó el auto con eficiencia y les dijo que si en setenta y dos horas necesitaban ampliar los términos, que la llamaran directamente.
Elena le dio las gracias con una brevedad que la jueza agradeció visiblemente. Había algo que ponía nervioso a mucha gente en la economía de palabras de Elena Vargas. A ella le parecía simplemente eficiencia.
Los teléfonos de Xavier Pedrosa y de su tío Javier quedaron intervenidos a las cinco de la tarde.
También el de un estibador llamado Benito Casal, al que Ferreiro había identificado como posible contacto a través de los informes del servicio portuario, y el de una mujer llamada Susana Leal, encargada de administración en la empresa Pesqueros Seoane, a la que los movimientos de cuenta que Soto había rastreado señalaban como posible canal de transferencias.
Cuatro teléfonos. Un juicio de probabilidades.
Elena sabía que el que querían escuchar era el Armador, y que el Armador no iba a hablar por teléfono de manera que se pudiera grabar directamente.
Los hombres que llegaban a ese nivel de organización no eran así de descuidados.
Pero los intermediarios sí cometían errores.
Y en las cadenas de comunicación, era en los eslabones del medio donde se rompían las cosas.
A las seis fue al bar del Mero, en el Puerto Chico, que era en realidad el puerto deportivo de A Coruña, donde convivían veleros privados y barcos de recreo con los últimos vestigios de una flota artesanal que resistía con dignidad la presión de los grandes armadores.
El bar era un local de paredes forradas de madera oscura, fotos de barcos en las paredes y ese olor a cerveza y tabaco que en los lugares con personalidad suficiente se convierte en parte de la decoración.
Benigno Losada ya estaba allí cuando llegó. Tenía una caña delante y miraba el puerto deportivo por la ventana con esa expresión de los hombres que han pasado suficiente tiempo mirando el agua como para leerla.
—¿Ha traído a alguien? —preguntó sin girarse.
—No. He venido sola.
—Bien. —Asintió con la cabeza. —¿Quiere beber algo?
—Agua con gas.
Benigno levantó la mano para pedir. Cuando el camarero se fue, el marinero giró la cabeza y la miró.
—He estado pensando desde ayer —dijo. —En lo que me preguntó. En lo que sé.
—¿Y?
—Hay una estructura. Lleva años funcionando. No es nueva, inspectora. Lo que está viendo ahora, lo de las chicas, es la parte visible de algo que tiene raíces mucho más profundas.
—Cuénteme.
Benigno bebió un trago largo de su caña.
—Al principio era contrabando. Tabaco, alcohol, algo de mercancía genérica sin declarar.
En los años noventa y principios de los dos mil, el puerto de A Coruña tenía zonas donde eso era casi normal.
La policía lo sabía, los armadores lo sabían, y había un equilibrio tácito que se mantenía porque el dinero distribuido correctamente mantiene los silencios necesarios.
—¿El Armador ya existía entonces?
—Bajo ese nombre, no. Entonces era otro nombre, otra persona. O quizás la misma persona con otro papel. No lo sé con certeza. Lo que sé es que en algún momento del proceso, el contrabando clásico dejó de ser suficientemente rentable o demasiado arriesgado, y se cambió de producto.
—Personas.
—Personas. Más rentables. Más difíciles de rastrear si se hace bien. Y con una demanda que no baja.
Elena tomó su agua y escuchó. Benigno habló durante cuarenta minutos con esa cadencia pausada de quien ha estado guardando cosas durante mucho tiempo y necesita sacarlas con cuidado para no destrozarlas al extraerlas.
La red, según Benigno, tenía tres niveles.
El nivel de captación: personas que identificaban a las víctimas potenciales en los entornos de las ciudades portuarias, a través del contacto social directo o de las redes sociales.
El nivel de transporte: las embarcaciones, los camiones, los conductores.
Y el nivel superior: la financiación, la logística mayor, los contactos con las organizaciones destino en el norte de Europa.
—¿Y el Armador está en el nivel superior?
—El Armador coordina entre el nivel de transporte y el nivel superior. Es la bisagra. Sin él, la maquinaria no funciona.
—¿Sabe cómo se llama?
Benigno miró el fondo de su vaso.
—Hace unos años, en una conversación que no debería haber escuchado, oí un nombre. Un nombre parcial. Un mote, en realidad. Le llamaban 'el Señor de los Barcos'.
—¿Y eso cómo lo relaciona con un nombre real?
—En el mundo del puerto, 'el Señor de los Barcos' es una expresión que se usa para referirse a alguien que tiene poder sobre las licencias de navegación y los contratos de fletamento.
Hay muy poca gente en Galicia con ese tipo de poder.
La mayoría son conocidos. Algunos tienen nombre en los periódicos.
Elena pensó en las fotos en el despacho de Seoane. El alcalde. El presidente de la Xunta.
—¿Adrián Seoane? —dijo, pronunciando el nombre por primera vez en voz alta en ese contexto.
Benigno no respondió inmediatamente. Bebió el último trago de su caña y la dejó sobre la barra.
—No le he dado ese nombre —dijo.
—No. Pero tampoco me ha dicho que no.
El marinero se levantó, dejó un billete sobre la barra y se abotonó el impermeable.
—Inspectora. Sea cuidadosa. El hombre del que hablamos tiene amigos en sitios que yo no me atrevería a mencionar en voz alta. Y si le ha dado una oportunidad de evaluarla a usted en los últimos días, sepa que ya sabe cómo se llama, de dónde viene y para qué está aquí.
Salió sin mirar atrás. Elena se quedó con su vaso de agua mirando el puerto deportivo a través de la ventana. Los barcos mecidos por el viento. Las luces reflejadas en el agua.
Lo que Benigno había dicho al final no era un consejo. Era una advertencia.
Pagó y salió al frío de la noche.