Mareas de Sangre Capítulo 13
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Capítulo 13

Seguimiento

El agente Saavedra era el hombre al que Ferreiro le asignó la vigilancia del almacén cuatro cuando Elena firmó la orden de observación.

Era un chico de veintiocho años, de A Coruña de toda la vida, que conocía el puerto con la familiaridad de quien ha crecido cerca de él y lo ha frecuentado en todas sus facetas: las oficiales y las otras.

Tenía la paciencia de los buenos observadores y la capacidad de fundirse con el entorno que es el primer requisito de cualquier trabajo de vigilancia.

Durante dos días, Saavedra anotó los movimientos del almacén cuatro con disciplina de relojero.

Llegada de una furgoneta de transporte el miércoles a las once de la noche: tres hombres, carga no identificada, estancia de cuarenta minutos, salida.

Llegada de un coche particular el jueves al mediodía: un hombre solo, entrada con llave propia, salida a los veinte minutos con una caja de cartón.

Nada que por sí solo constituyera prueba de nada, pero todo registrado con fechas, horas, matrículas y descripción de las personas.

El jueves por la tarde, mientras Soto procesaba los datos de comunicaciones y Cuevas coordinaba con la Policía Marítima, Elena decidió hacer ella misma una pasada por el muelle.

Sin uniforme, sin compañía visible. El tipo de observación que no figura en los protocolos porque en los protocolos se describe lo que debería pasar, no lo que a veces tiene que pasar.

Se puso ropa de calle: vaqueros, zapatillas, una chaqueta oscura.

Se recogió el pelo en una coleta y se subió el cuello.

A las nueve de la noche el muelle tenía actividad pero no era la actividad densa de las horas punta.

Había grupos de hombres que terminaban turnos, algún barco que preparaba su salida para la madrugada, el movimiento habitual de los grandes puertos en sus horas más silenciosas.

Elena caminó por el borde del muelle con la actitud de quien está de paseo aunque no hubiera nadie en su sano juicio paseando a esa hora en ese lugar.

Tenía el teléfono en la mano como cualquier persona que mira el mapa o los mensajes.

En realidad, fotografiaba discretamente lo que tenía a su alrededor.

El almacén cuatro estaba cerrado. Pero cuando pasó frente a él, a una distancia prudencial, vio que había luz filtrada por la parte superior de las ventanas traslúcidas. Alguien estaba dentro.

Se alejó sin detenerse. Siguió por el muelle hacia el área de carga de contenedores, como si tuviera un destino claro. Sacó el teléfono y llamó a Saavedra.

—Hay luz en el cuatro. ¿Lo tienes en tu ángulo de observación?

—Afirmativo. La luz lleva encendida unos veinte minutos. Todavía no ha salido nadie.

—¿Cuántos entraron?

—Vi entrar a dos hombres a las veinte cuarenta. Hace unos diez minutos. No pude ver bien sus caras, llegaron por el flanco que no cubre mi ángulo.

—Quédate donde estás. No te acerques.

Continuó su paseo aparente. El área de contenedores era más oscura, con luces de seguridad espaciadas que dejaban amplias zonas en penumbra.

Entre dos contenedores apilados vio algo que no encajaba con el resto del panorama: una furgoneta de color blanco, sin matrícula visible desde donde estaba, aparcada en una zona que no estaba señalizada para vehículos.

Elena se detuvo como si hubiera recibido un mensaje importante en el teléfono. Aprovechó el pausa para fotografiar la furgoneta desde el ángulo en que la tenía. Parcial, insuficiente, pero algo.

Luego siguió caminando.

Cuando llegó a la zona de salida del muelle, se dio la vuelta con naturalidad y emprendió el camino de regreso. Había recorrido unos doscientos metros cuando vio, de reojo, que uno de los hombres del almacén cuatro había salido. Estaba junto a la puerta, fumando. La miraba.

No la conocía. No tenía por qué saber quién era. Era simplemente alguien que miraba a alguien que caminaba por el muelle de noche. Perfectamente normal.

Pero la miraba con demasiada atención.

Elena no cambió el ritmo ni la dirección. Siguió caminando hacia la salida del muelle, mirando el teléfono, con la naturalidad estudiada de quien no ha visto nada interesante. Cuando giró la esquina hacia el Paseo Marítimo, sacó el teléfono y llamó a Ferreiro.

—Necesito que alguien compruebe discreta y urgentemente la matrícula de una furgoneta blanca aparcada en el área de contenedores del muelle pesquero.

Ángulo noroeste, entre el segundo y tercer bloque de contenedores de la izquierda según se entra.

Solo la primera parte de la matrícula: cuatro-dos-tres-cero.

—¿Estabas en el muelle?

—Solo mirando.

—Elena...

—Ferreiro. La matrícula.

Oyó el suspiro contenido del subinspector al otro lado de la línea.

—Dame diez minutos.

Elena caminó por el Paseo Marítimo en la dirección opuesta a la jefatura, dando tiempo a que cualquier posible seguidor la perdiera entre los escasos transeúntes nocturnos.

El viento del Atlántico le traía olor a salitre y el ruido lejano de una bocina de barco.

Pensó en Lucía Andrade. En dónde podría estar.

En si el tiempo que llevaba investigando era tiempo que la chica todavía tenía.

Ferreiro llamó a los doce minutos.

—La matrícula que me das corresponde a una furgoneta registrada a nombre de una empresa de transporte de Vigo. Servicios Logísticos del Norte S.L. La empresa tiene un NIF que fue activado hace dieciocho meses y una dirección fiscal que es un buzón de correos en Vigo.

—Empresa pantalla.

—Con muchos números. Soto lleva media hora tirando del hilo. Hay varias cuentas bancarias asociadas, algunas en el extranjero.

Elena se detuvo frente al mar. Las luces del puerto se reflejaban en el agua negra.

—¿A quién pertenece la empresa realmente?

—Eso es lo que Soto está intentando determinar. Pero hay una coincidencia en uno de los movimientos bancarios recientes. Tres semanas atrás, esa cuenta recibió una transferencia de una entidad domiciliada en las Islas Vírgenes Británicas.

—¿Y?

—Y la empresa de las Islas Vírgenes tiene el mismo número de identificación fiscal que aparece en uno de los documentos de exportación de Pesqueros Seoane S.L. fechados el año pasado.

El Atlántico seguía sonando. El viento seguía soplando.

—Bien —dijo Elena. —Esto ya no es una coincidencia.