Mareas de Sangre Capítulo 11
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Capítulo 11

El patrón

El analista Soto llegó con dos maletas, un portátil con tres pantallas externas que tardó cuarenta minutos en montar en la sala de operaciones y la costumbre de trabajar con auriculares puestos aunque no estuviera escuchando música.

Era un hombre flaco, de unos cuarenta años, con el aspecto de quien ha pasado la mayor parte de su vida frente a pantallas y se ha reconciliado con ello.

Cuevas llegó media hora después. Era diferente a Soto en todo: ancho de espaldas, pausado en el movimiento, con esa manera de mirar los espacios nuevos que tienen los policías que llevan tiempo en trabajo de campo.

Se presentó a Elena con un apretón de manos breve y luego pidió ver el mapa del puerto.

Los cuatro, Elena, Ferreiro, Soto y Cuevas, pasaron la mañana construyendo lo que en la jerga de la unidad llamaban 'el cuadro': la representación visual de todo lo que sabían hasta ese momento, con sus conexiones, sus hipótesis y sus huecos. Los huecos, en este caso, eran considerables.

Lo que sí podían establecer era un patrón.

—Las dos víctimas confirmadas —dijo Elena, señalando el mapa con un rotulador rojo. —Raquel Sousa y la chica todavía no identificada de Barrañán. Y Lucía Andrade, desaparecida. Tres mujeres en el entorno del puerto de A Coruña en un período de aproximadamente seis meses.

—Con características similares —añadió Soto sin levantar la vista de su pantalla.

Tenía ya medio procesados los datos de denuncias de desaparición en la provincia de A Coruña de los últimos dos años.

—Mujeres jóvenes, entre dieciocho y veinticinco años.

Solteras. Sin familia directa en la ciudad.

En varios casos de origen foráneo: portuguesa, posiblemente otra de origen no gallego. Lucía, de Lugo, sola en la ciudad.

—El perfil clásico de objetivo de trata —dijo Cuevas. —Sin red de apoyo local que se alarme rápido. Sin nadie que esté encima de lo que pasa día a día.

—Lucía sí tenía compañeras de piso —señaló Ferreiro.

—Pero no familia. Las compañeras de piso tardaron en dar la alarma porque Lucía era discreta y no solía avisar de cada movimiento. Eso se parece al tipo de víctima que los captadores buscan: independiente, responsable, sin comportamientos de riesgo visibles que alerten a los que la rodean.

Elena miraba el cuadro. Las fotos de las tres mujeres pegadas en el tablero, unidas por líneas de colores. El puerto en el centro. El nombre del Armador en una tarjeta en blanco, con signos de interrogación.

—¿Cómo las captaban? —preguntó en voz alta, no esperando una respuesta concreta sino pensando en voz alta. —No es casualidad. Alguien las elige.

—El caso de Lucía sugiere una vía de contacto digital —dijo Soto. —El perfil de Instagram de Xavier Pedrosa. Alguien que trabaja cerca del puerto, que frecuenta los mismos entornos que las víctimas potenciales.

—¿Y Raquel Sousa? ¿Cómo la contactaron?

—El expediente de su desaparición menciona que frecuentaba un bar del barrio de la Pescadería —dijo Ferreiro. —Un bar de tapas que también frecuenta gente del puerto.

—Lugares de intersección —dijo Elena. —Sitios donde se mezclan el mundo universitario y el mundo del puerto. Bares, fiestas, redes sociales. Un captador que sabe moverse en esos espacios.

—¿Xavier Pedrosa? —preguntó Cuevas.

—Posiblemente un eslabón. No el organizador. Cuando lo interrogué, su miedo era real. No era el miedo del culpable sino el del cómplice incómodo que no sabía exactamente en qué se había metido.

Soto levantó la vista de la pantalla.

—Tengo algo. He cruzado la base de datos de denuncias de desaparición de los últimos dos años en toda Galicia con el perfil de víctima.

Hay cuatro casos más que encajan. Dos en Vigo, uno en Ferrol, uno en Santiago.

Mujeres jóvenes, entre dieciocho y veinticinco, sin familia local, desaparecidas sin resolución del caso.

—¿Todos sin resolver?

—Dos de los cuatro aparecieron: uno en Francia y uno en Alemania, en ambos casos con indicios de haber estado en situaciones de explotación. Los otros dos siguen abiertos.

Elena se quedó mirando los números. Cuatro más. Seis en total, contando a Raquel y a Lucía, en un período de dos años. Y eso solo en Galicia, solo en los casos que habían llegado a levantar una denuncia, solo los que alguien había pensado en cruzar.

—Soto. —Elena se acercó a las pantallas.

—Amplía la búsqueda al corredor cantábrico completo.

Asturias, Cantabria, País Vasco. Mismo perfil, mismas características.

Y cruza los resultados con cualquier información disponible sobre rutas marítimas de tráfico de personas que tenga la base de datos de Europol.

—Eso va a tardar.

—Empieza ahora.

Salió de la sala de operaciones y fue al pasillo a llamar a Benigno Losada. El marinero tardó cuatro tonos en coger.

—Losada. Necesito verle esta tarde.

—¿A qué hora?

—A la que usted pueda.

Una pausa.

—A las seis. En el Puerto Chico, en el bar del Mero. Es un bar de pescadores, nadie nos va a prestar atención.

—De acuerdo.

Colgó y se quedó mirando el pasillo. Desde la sala de operaciones llegaba el tecleo constante de Soto sobre el teclado y el murmullo de Cuevas hablando por teléfono. Ferreiro apareció en la puerta con dos cafés.

—¿Cómo estás? —preguntó, tendiéndole uno.

—Pensando —dijo Elena.

—¿En qué?

—En cuánto tiempo lleva este corredor funcionando. —Tomó el café. —Y en por qué nadie lo había visto antes.