Mareas de Sangre Capítulo 10
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Capítulo 10

Segunda víctima

Los resultados del análisis de ADN llegaron treinta y seis horas después, no las cuarenta y ocho prometidas, gracias a que el laboratorio de Madrid procesó la muestra como prioritaria por solicitud expresa de Montoya.

El inspector jefe, cuando Elena le había explicado la dimensión real del caso, había pasado del escepticismo inicial a la acción con esa eficiencia que tenía cuando la situación lo requería.

A Montoya no le gustaban las sorpresas, pero cuando llegaban, las procesaba rápido.

El ADN de los restos de Barrañán no coincidió con ninguna entrada en la base de datos española.

Sí coincidió, sin embargo, con una muestra que la Policía Judiciária de Portugal tenía archivada desde hacía cinco meses: la muestra de ADN de referencia facilitada por los padres de Raquel Sousa cuando presentaron la denuncia de desaparición.

Los restos encontrados en la playa de Barrañán eran los de Raquel Sousa, veintitrés años, estudiante de Filología Portuguesa en la Universidade da Coruña, programa Erasmus.

Elena recibió la confirmación sentada en su despacho provisional a las siete de la mañana.

Leyó el correo dos veces. Luego se levantó, fue al pasillo, se sirvió agua del dispensador y se la bebió de pie mirando la pared.

Era un momento que requería esos treinta segundos. No para sentir, sino para recalibrar.

Raquel Sousa estaba muerta. Llevaba entre tres y seis semanas en el agua, lo que situaba su muerte entre mediados de septiembre y principios de octubre. La había encontrado una semana antes, o quizás dos, de que Lucía Andrade desapareciera.

No era una coincidencia. No podía serlo.

Llamó a Ferreiro a las siete y cuarto. Él llegó a la jefatura en veinte minutos, con el pelo mojado de la ducha y un bocadillo a medio comer en la mano, que dejó sobre su mesa cuando Elena le dio la noticia.

—Raquel Sousa —dijo él, en voz baja.

—Raquel Sousa. Hay que notificar a la familia en Portugal y coordinar con la Judiciária. Tú te encargas de eso. Yo voy a hablar con Montoya.

—¿Cómo murió exactamente?

—Ahogamiento, hipotermia, traumatismo previo en el cráneo. Y marcas de ligaduras en las muñecas. El forense Iglesias va a ampliar el informe con los nuevos datos. —Elena hizo una pausa. —Raquel Sousa no fue al agua voluntariamente, Ferreiro. Alguien la metió.

Ferreiro se quedó mirando el bocadillo olvidado sobre la mesa.

—¿Cómo se lo decimos a sus padres?

—Con la verdad. No hay otra manera que no sea peor a largo plazo.

La conversación con Montoya fue más larga de lo habitual. El inspector jefe escuchó el informe completo sin interrumpir, una señal de que el caso lo había puesto en modo de escucha total. Cuando Elena terminó, hubo una pausa de varios segundos.

—Una red de trata operando desde el puerto de A Coruña con víctimas portuguesas o extranjeras —resumió Montoya. —Un alias sin identificar: el Armador. Una chica desaparecida, Lucía Andrade, posiblemente secuestrada. Una víctima confirmada. Y una conexión sur que aún no está clara.

—Málaga —dijo Elena. —Los barcos de Seoane hacen rutas hacia el Mediterráneo. Y el informante habla de un corredor que viene del norte de África. Málaga encaja como punto intermedio o de destino.

—¿Tienes algo sólido que vincule a Seoane?

—Todavía no. Coincidencias de calendario, una actitud que activó mis alertas. Nada probatorio.

—Entonces aún no lo tocamos. —Montoya fue categórico en eso. —Si Seoane tiene las conexiones políticas que sugieren esas fotos en su despacho, un movimiento prematuro puede echar abajo todo el caso.

—Lo sé. Por eso necesito más tiempo y más recursos. Un analista para los registros marítimos. Autorización para intervención de comunicaciones sobre los móviles de Xavier Pedrosa y de al menos tres empleados clave del puerto.

—¿Tienes juez?

—Tengo a la instructora del Juzgado número cuatro que está dispuesta a firmar si le presento un auto bien fundamentado esta tarde.

—Preséntalo. Para los recursos, te mando a Soto y a Cuevas desde Madrid. Llegan mañana por la mañana.

Elena conocía a Soto, analista de datos con diez años de experiencia en tráfico de personas. A Cuevas no lo conocía personalmente, pero tenía fama de ser meticuloso y rápido.

—Gracias, Rodrigo.

—No me las des todavía. —La voz de Montoya adoptó ese tono que Elena asociaba con las noticias que no iba a gustarle escuchar.

—Elena, hay presión desde arriba. La familia de Lucía Andrade tiene contacto con alguien del Ministerio.

Eso significa que este caso tiene visibilidad política.

Lo cual significa que si se mueve algo, se mueve en las noticias antes de que podamos controlarlo.

—Ya lo han demostrado con la filtración de Barrañán.

—Exacto. Sé que no necesitas que te lo diga, pero: cuidado con quién compartes qué, y cuándo.

Colgó y Elena miró el techo de su despacho provisional durante un momento. La filtración de Barrañán. Alguien en esa jefatura, o cerca de ella, tenía interés en que cierta información llegara a los medios antes de tiempo. Lo que podía significar torpeza. O podía significar algo más.

Anotó en su cuaderno: *Filtración Barrañán. ¿Quién sabía? ¿Quién tenía interés?*

Luego añadió: *Dos víctimas confirmadas. Lucía Andrade desaparecida. El corredor existe. El Armador existe.*

Y debajo, con letra más pequeña, como si escribirlo en voz alta pudiera materializarlo de manera prematura: *¿Cuántas más?*