Capítulo 9
No es Lucía
La noticia de que los restos hallados en Barrañán no correspondían a Lucía Andrade llegó a la familia de la chica de la manera más cruda posible: a través de los medios de comunicación, que lo publicaron antes de que Elena tuviera oportunidad de establecer el protocolo de comunicación adecuado.
Alguien de la jefatura había filtrado la información, o quizás alguien del servicio de emergencias que había recibido el aviso de los pescadores.
Era imposible saberlo de inmediato, y en cualquier caso el daño ya estaba hecho.
Elena llamó al padre de Lucía, Manuel Andrade, en cuanto tuvo el móvil en la mano después de salir del Instituto de Medicina Legal. El hombre tardó tres tonos en coger. Cuando lo hizo, su voz tenía esa textura de quien lleva días sin dormir bien pero se ha negado a reconocerlo.
—Don Manuel. Soy la inspectora Vargas, de Madrid. Estoy llevando el caso de su hija.
—Ya he visto lo de la playa —dijo él. Su voz era firme, de una firmeza que costaba. —¿Es ella?
—No. No es su hija. Los restos corresponden a otra mujer. Lucía no aparece en los restos encontrados.
Un silencio. Luego un sonido que no era exactamente un suspiro ni exactamente un sollozo, sino algo en el intermedio, el sonido que hacen los cuerpos cuando liberan una tensión que llevaba demasiado tiempo acumulada.
—Gracias —dijo el hombre, finalmente. —¿Siguen buscando?
—Sí. No paramos. Le prometo que no paramos.
Colgó y se quedó un momento inmóvil en el aparcamiento del Instituto Forense, mirando el cielo.
El cielo de A Coruña era ese día de un gris particular, no el gris uniforme de la lluvia inminente sino un gris estratificado, con capas, como si alguien hubiera apilado cuarenta tipos distintos de nubes y no hubiera querido elegir entre ellas.
Ferreiro apareció a su lado.
—Los registros de embarcaciones están llegando al correo. Los está revisando el agente Saavedra, que es el más rápido del equipo con las bases de datos.
—Bien. —Elena metió el teléfono en el bolsillo.
—Mientras tanto, necesitamos establecer la identidad de la mujer de Barrañán.
Aunque el ADN tarde, hay otras vías. Quiero que se distribuya una descripción a todos los cuerpos policiales de la cornisa cantábrica y a Interpol.
Mujer de dieciocho a veinticinco años, constitución delgada, pelo de color no determinado por el estado de los restos, ropa ligera de colores claros.
Posiblemente de origen no español, atendiendo al tipo de tela.
—¿Interpol directamente?
—Directamente. Si esta mujer viene del corredor que describe Benigno, puede ser de cualquier país. África, Europa del Este, América Latina. Hay que abrir el abanico.
Caminaron hacia el coche. El viento había amainado pero el frío se había hecho más seco, de ese tipo que cala en las articulaciones si uno no está acostumbrado.
—Tengo algo más —dijo Ferreiro, con el tono que usaba cuando tenía algo que iba a complicar las cosas.
—El agente Saavedra me avisó antes de salir.
En los registros de movimientos de personas en el aeropuerto y en el puerto de pasajeros de los últimos seis meses, hay una coincidencia con la descripción de Raquel Sousa, la chica portuguesa que desapareció hace cuatro meses.
Elena se detuvo.
—¿Coincidencia en qué sentido?
—Una mujer con su nombre y descripción compró un billete de ferry en el puerto de pasajeros hace dos meses. Billete sencillo. Destino: Portsmouth, Inglaterra.
—¿Y se embarcó?
—El registro de embarque dice que sí.
Elena retomó el camino hacia el coche, pero más despacio ahora, con esa cadencia que adoptaba cuando su cerebro estaba trabajando a fondo.
—¿Raquel Sousa tenía familia en Portugal? ¿Alguien que pudiera confirmar si llegó a donde decía que iba?
—Sus padres en Lisboa. Presentaron la denuncia de desaparición en Portugal cuando dejó de dar señales. El consulado portugués en A Coruña también tiene un expediente.
—¿Saben que hay un billete de ferry a su nombre?
—No. Nadie lo cruzó con el caso.
Elena paró junto al coche pero no entró. Se quedó apoyada en el capó, mirando la fachada anodina del Instituto Forense.
—Ferreiro. Dos opciones. O Raquel Sousa realmente compró ese billete y se fue a Inglaterra por su cuenta, en cuyo caso estamos ante una mujer que decidió desaparecer voluntariamente y hay que encontrarla por otras vías.
O alguien usó sus documentos para crear una pista falsa que justificara su ausencia y desviara la investigación.
—La segunda opción —dijo Ferreiro.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque Raquel Sousa dejó todas sus pertenencias en el piso de estudiantes donde vivía. Incluyendo su ordenador, sus libros, su pasaporte. —Ferreiro hizo una pausa significativa. —Su pasaporte.
—¿Y el billete de ferry se compró con qué documento?
—Con una fotocopia del pasaporte. El sistema de venta online de la compañía de ferries no verificaba el original en ese momento. Solo la introducción manual de los datos.
Elena asintió muy despacio.
—Tenemos dos mujeres desaparecidas, posiblemente una tercera sin identificar en la morgue, y un sistema de trata que opera desde este puerto con suficiente sofisticación como para crear rastros documentales falsos.
—Sí.
—Esto es más grande de lo que me dijeron en Madrid.
—Sí —repitió Ferreiro. Y esta vez en su voz había algo que se parecía a la culpa de quien ha visto demasiado tarde lo que tenía delante.
Elena abrió el coche.
—Llama a Montoya. Necesitamos más recursos. Y necesitamos que esto deje de ser solo un caso de desaparición para convertirse en una investigación de trata de personas con todos los recursos que eso implica.
—¿Y si desde Madrid hay resistencia?
Elena lo miró sobre el techo del coche.
—Entonces habrá que ser convincentes.