Capítulo 8
La autopsia
El Instituto de Medicina Legal de Galicia estaba en Santiago de Compostela, pero el forense que había sido asignado a dar apoyo a la investigación desde el primer día trabajaba desde la Delegación de A Coruña, en un edificio de los años noventa en el que la calefacción nunca funcionaba del todo bien en invierno.
El doctor Mateo Iglesias había llegado esa mañana desde Santiago con una fiambrera, tres carpetas y la expresión de alguien que había dormido mal en el asiento trasero de un coche, lo cual, según le confesó a Ferreiro mientras se ponía los guantes, era exactamente lo que había ocurrido.
Elena lo conoció en la sala de trabajo del forense, que era una sala de aspecto funcional con dos mesas de acero, una pared de armarios frigoríficos y una ventana que daba a un patio interior.
El doctor Iglesias tenía cuarenta y dos años, estatura media, gafas de montura oscura y esa concentración particular de los médicos forenses que han aprendido que el trabajo con los muertos requiere una atención más silenciosa, más despojada de ego, que el trabajo con los vivos.
—Inspectora Vargas. —Le tendió la mano enguantada y luego se la quitó para tendérsela sin guante. —Perdone. El hábito.
—No se preocupe. —Elena le estrechó la mano. Era firme, como la del médico acostumbrado a la precisión. —¿Tiene los resultados del examen de los restos?
—Sí. Siéntese si quiere, aunque no hay muchas sillas.
—Iglesias señaló la única silla disponible con un gesto.
Él se quedó de pie, con los papeles en la mano.
—Los restos fueron encontrados ayer por la tarde por dos pescadores en la playa de Barrañán, a unos treinta kilómetros de aquí por la costa.
Los trajeron esta mañana. He hecho el examen preliminar.
—¿Es Lucía?
Iglesias la miró por encima de las gafas.
—No. No es Lucía Andrade.
Elena sintió la extraña mezcla de alivio y terror que producen esas palabras cuando se busca a alguien vivo. Alivio porque Lucía no había aparecido muerta. Terror porque alguien sí lo había hecho.
—¿Quién es?
—Eso es lo que estamos tratando de determinar.
Los restos corresponden a una mujer adulta joven, entre dieciocho y veinticinco años de edad estimada.
Estatura aproximada de un metro sesenta y dos.
Constitución delgada. El estado de conservación indica que llevan entre tres y seis semanas en el agua.
—¿Causa de muerte?
—Preliminarmente, hipotermia y ahogamiento.
Aunque hay indicios de traumatismo previo.
Aquí. —Iglesias señaló un punto en la fotografía del cráneo que había extendido sobre la mesa.
—Una fractura de la región occipital. Podría ser anterior a la entrada en el agua o producida por el impacto con objetos en el litoral durante la deriva.
Es difícil determinarlo con certeza en este estado.
—¿Tiene muestras de ADN?
—Sí. Están en proceso. Pueden tardar entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas en compararse con la base de datos.
—¿Hay algo que pueda identificarla? ¿Ropa, marcas personales?
Iglesias abrió otra carpeta. En las fotografías que mostró, los restos de ropa que habían aparecido con los restos eran escasos: fragmentos de lo que podría haber sido una camiseta de color claro y lo que parecía ser parte de una falda o pantalón de tela fina, demasiado ligera para noviembre en Galicia.
—La ropa no es de aquí —dijo Iglesias. —O al menos no es la ropa habitual en esta época y en este clima. Podría ser que llevara esa ropa cuando entró al agua, lo que sugeriría que no era de la zona o que fue introducida al agua desde otro punto geográfico.
—¿Podría haber llegado aquí desde el Mediterráneo? —preguntó Elena.
Iglesias bajó las gafas y la miró con una atención nueva.
—Las corrientes del Atlántico Norte son complejas.
Pero no es imposible. Si entró al agua en algún punto entre el Estrecho de Gibraltar y la costa portuguesa, las corrientes y el tiempo transcurrido podrían justificar que los restos llegaran hasta aquí.
Le digo que eso lo calcularía mejor un oceanógrafo que yo.
—¿Tiene contactos en oceanografía?
—En la universidad de Santiago hay un grupo de investigación en oceanografía costera. Puedo hacer una llamada.
—Hágala, por favor.
Elena miró las fotografías durante un momento más. La mujer sin nombre que yacía sobre la mesa de acero. Joven, delgada, ropa de verano en noviembre. El Mediterráneo. El corredor.
—¿Algo más que pueda decirme?
Iglesias dudó. Era la vacilación de un médico que sabe que lo que va a decir no es científicamente sólido pero que tiene años de instinto detrás.
—Hay marcas en las muñecas. Muy difuminadas por el tiempo en el agua, pero están ahí. Del tipo que dejan las ligaduras.
Elena cerró los ojos durante un segundo.
—Gracias, doctor. —Se levantó. —Manténgame informada de los resultados del ADN.
—Por supuesto. —Iglesias recogió las carpetas. La miró con esa franqueza directa que tienen a veces los médicos forenses. —¿Cree que hay más?
—Sí —dijo Elena. —Creo que hay más.
En el pasillo, Ferreiro la esperaba apoyado en la pared, con el teléfono en la mano.
—Los registros de entrada de embarcaciones —dijo. —He pedido los de los últimos dieciocho meses. Me los mandan esta tarde.
—Bien. —Elena caminó hacia la salida. —Y Ferreiro.
Necesito que contactes discretamente con la Policía Marítima.
Quiero saber si en los últimos meses ha habido algún incidente, cualquiera, relacionado con embarcaciones y personas en aguas gallegas.
Sin hacer ruido. Sin que nadie sepa por qué preguntamos.
—¿Sin hacer ruido? En este oficio eso tiene un límite.
—Pues lleguemos al límite con cuidado.
Salieron al frío de la mañana. En algún lugar de esa ciudad, Lucía Andrade seguía sin aparecer. Y en el agua, otra mujer sin nombre esperaba que alguien se tomara la molestia de preguntar cómo había llegado hasta allí.